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El Cuezcomate: un puente entre las raíces y el futuro* Cristina Amescua Chávez El libro “El cuezcomate de Morelos” es un trabajo relevante en muchos sentidos. En primer lugar, lo es por las diversas conexiones que el Dr. Alpuche evidencía, entre el pasado y el presente, entre lo visible y lo invisible, entre lo tradicional y lo actual, entre la teoría y lo empírico, entre lo material y lo intangible. Por supuesto, estas conexiones no están exentas de complejidades y paradojas que el autor nos va desmenuzando a lo largo de su texto. En este texto abordaré solamente los primeros capítulos del libro
El Cuezcomate, esa estructura orgánica de barro y palma que todavía alcanza a divisarse, a veces ya en ruinas, en algunos solares del sur y el oriente de Morelos, nos va develando sus múltiples significados a través del análisis y el encuadre teórico que nos ofrece el Dr Alpuche. Más allá de ser una troje en desuso, en las que los campesinos de Morelos ya no guardan sino recuerdos y algunos trebejos, el cuezcomate es, como nos dice el autor una tradición que sintetiza factores “cognoscitivos y educativos”, “ecológicos”, “artesanales” y “cosmológicos”. Y aunque podría afirmarse que es una tradición en franco proceso de desaparición, también y a la vez, existe una tendencia, que no por escasa es menos importante, hacia su renovación.
¿Por qué han ido dejándose atrás la construcción, el mantenimiento y el uso de cuezcomate? Las respuestas parecerían evidentes. El cuezcomate está desapareciendo porque ha perdido su función, sus materiales, su importancia, sus significados y los saberes asociados con su construcción: porque ya no hay maíz para guardarlo dentro. La baja en los precios del maíz, lo han vuelto un cultivo poco competitivo en los mercados actuales y los campesinos lo han ido sustituyendo por cultivos más rentables. Antes era de vital importancia contar con una forma de almacenamiento práctica y segura, que permitiera a las mazorcas llegar de un temporal al otro en buen estado, ya que los granos de la cosecha de un año se convertían en las semillas del siguiente. Hoy ya no es así; incluso allí donde el maíz se sigue sembrando, es cada vez más frecuente el uso de variedades transgénicas que resultan en principio más baratas pero cuyos granos han perdido su capacidad germinal, obligando a los agricultores a comprar la semilla en cada temporada de siembra. Por otro lado, los cambios en los ecosistemas han implicado la desaparición de muchas de las materias primas con las que antes se confeccionaban los cuezcomates. Además de las cuestiones meramente instrumentales, para las nuevas generaciones el cuezcomate ya no es importante, los jóvenes prefieren tirarlos para construir un cuarto más, o ampliar la cocina, o para guardar el carro, y por si fuera poco, desde que murió el abuelito ya nadie sabe cómo repararlo.
Pero detrás de estas razones evidentes se esconde una serie de complejos procesos que solamente pueden entenderse si se utiliza, como hace el Dr. Alpuche, una perspectiva analítica de larga duración.
En efecto, el cuezcomate es un objeto que sintetiza y expresa muchas de los elementos de la cosmovisión mesoamericana. Para entenderla, el autor recurre a los planteamientos de los grandes exponentes del tema como son Alfonso Caso, Miguel León Portilla, Johanna Broda, Druzo Maldonado, Alfredo López Austin y varios más, destacando, entre otras características, que la cosmovisión es una creación colectiva basada en las relaciones cotidianas de los hombres entre sí y con su medio ambiente; además “provee y opera principios, técnicas y valores que emanan y se aplican en el acto de la apropiación de la naturaleza”. Por otro lado, las instituciones de poder tienen injerencia en la cosmovisión en la medida en que la utilizan para legitimar “el ámbito de dominio del soberano”, y es en tanto “hecho histórico de producción milenaria de pensamiento social, (…) pauta de la apropiación de la realidad (que) trasciende como tradición”. Pero además, sin ser ese su fin principal, destaca el Dr. Alpuche que el cuezcomate tiene una dimensión estética que “interpela nuestras emociones”, vinculándose así con el arte mesoamericano, que, entre otras cosas, creaba un “sentido de identidad y consolidaba la solidaridad comunal”.
La relación de las culturas mesoamericanas con el maíz ha sido bien documentada analizada y difundida por los estudiosos en la materia. Lo que cabe aquí destacar es que el cuezcomate es testigo actual de esa antigua tradición en la que el maíz jugaba un papel preponderante en los ciclos productivos y reproductivos en torno a los cuales se contruyeron, crearon y recrearon distintas culturas. La troje, contenedora de esa vital sustancia es también contenido y expresión de una visión del mundo, del cosmos y de la naturaleza. Y, como expresa el Dr. Alpuche, es justamente por ese núcleo duro de significados que encierran, que los cuezcomates siguen hoy todavía en pie y que aun se encuentra gente interesada en revitalizar la tradición.
Sin embrago, aunque gracias a ese llamado “núcleo duro” es que todavía pervive, es innegable que la tradición se ha ido diluyendo, difuminando, fracturando. Y me parece que una de las principales riquezas del trabajo del Dr. Alupche estriba en la perspectiva histórica que nos ofrece para entender cabalmente este fenómeno. En efecto, si el cuezcomate es expresión y síntesis de todo un sistema de saberes ancestral, es necesario comprender qué ocurrió con dicho sistema para poder dar cuenta del proceso por medio del cual la troje se ha ido desvinculando paulatinamente de todo el entramado cultural que le daba sustento.
La continuidad y ampliación del saber en tiempos prehispánicos estaba garantizada por un complejo sistema de instituciones sociales y culturales que reafirmaban su legitimidad y garantizaban así su transmisión de generación en generación. Nos dice el Dr. Alpuche que al ser el calpulli un “núcleo productor y reproductor de saber, constituíua entonces: a) una fuente colectiva y depositaria del saber y la cosmovisión correspondiente, b) memoria histórica del grupo en particular; y c) garantía de continuidad del mismo”. Por otro lado, las familias constituían el núcleo primordial de transmisión de saberes en el cual padres y madres transmitían conocimientos a sus hijos de manera activa y participativa, transmitiendo así, no sólo oficios, formas de ver, entender y actuar en el mundo. Así mismo, los ancianos jugaban un papel de gran relevancia en la conservación y continuidad del saber, eran figuras altamente respetadas y reconocidas por la colectividad en su condición de “poseedores de sabiduría y saberes especializados. Finalmente los templos escuela funcionaban como el espacio de consolidación y ampliación de los conocimientos, habilidades y valores “asimilados en el seno familiar”.
Pero con la consquista y la colonia, además de los bien conocidos efectos devastadores a nivel demográfico y social, ocurre lo que el Dr. Apluche llama “la dislocación del saber mesoamericano”, todo el sistema cultural que organizaba y daba sentido al acontecer cotidiano de los pueblos prehispánicos se ve trastocado, arrojándolos, como dice Florescano “a un espacio y un tiempo sin sustento”.
La conquista espitirual, con la concomitante imposición del sistema de valores, creencias y conocimientos peninsular, produce en la cosmovisión mesoaméricana una pérdida de legitimidad, en la que los saberes ancestrales se ven desprovistos de validez y se convierten en sinónimo de ignorancia, superchería o práctica demoníaca. A través de la distorsión de las tareas del calpulli, del despojo de la función educativa de la familia, de la destrucción de los templos escuela y de la deslegitimación de los ancianos como fuente de sabiduría, se rompe el sistema de intercambio de saberes, trastocando y disminuyendo la memoria colectiva. Así, una práctica milenaria como la tradición del cuezcomate, va perdiendo sus significados y su lugar como parte integrante de un sistema de conocimientos que aseguraba una particular vinculación de los seres humanos entre sí y en su relación con la naturaleza y con el cosmos. Desprovista ya de todos esos significados, la tradición del cuezcomate se desdibuja paulatinamente hasta quedar reducida (aunque no del todo) a un simple sistema de almacenamiento de un grano, que durante mucho tiempo después de la conquista continuó siendo vital para la subsistencia de los pueblos. Es decir que el cuezcomate fue perdiendo una buena parte de su dimensión simbólica para conservar simplemente, por lo menos en apariencia, su función utilitaria. Ésta, como mencionamos más arriba, se ha ido perdiendo también, en la medida en que el cultivo de maíz se ha ido sustituyendo por cultivos más rentables y en que las necesidades de almacenamiento se han visto cada vez más reducidas por efecto de las llamadas semillas mejoradas. Así, para las nuevas generaciones, el cuezcomate, al haber perdido tanto su función como sus significados, se convierte en un objeto prescindible, que bien puede ser desechado para abrir espacio a las nuevas necesidades del día de hoy.
No obstante, hay que destacar que en el oriente y en el sur de Morelos, existe todavía el interés por parte de algunos miembros de las comunidades en rescatar, conservar y revitalizar al cuezcomate, no sólo como objeto, sino como práctica y tradición que vincula al pasado con el presente. *Comentario en la presentación del “Libro El Cuezcomate de Morelos: Simbolismo de una troje tradicional” de Oscar Alpuche Gracés (Ed. Casa Juan Pablos, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Instituto de Cultura de Morelos, 2008)
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