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Xalapa, Equez., Ver., miércoles 8 de febrero de 2012.
El 10 de febrero en el Teatro del Estado Enrique Patrón de Rueda dirigirá a la OSX
*Abordará la sinfonía El Titán de Gustav Mahler, una impresionante vorágine de pasión y dramatismo
Enrique Patrón de Rueda
Jorge Vázquez Pacheco
Esta semana regresa a Xalapa Enrique Patrón de Rueda, protagonista de memorables jornadas operísticas al frente de la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX). En un concierto que se anuncia para el viernes 10 de febrero a las 20:30 horas, en la sala “Emilio Carballido” del Teatro del Estado, el maestro originario de Mazatlán, Sinaloa, abordará una obra puramente sinfónica, ambiciosa y de enorme complejidad pasional: la Primera sinfonía en re mayor, denominada El Titán, del bohemiano Gustav Mahler (1860-1911).
La formación de Patrón de Rueda es eminentemente operística, por lo
que en muy contadas ocasiones incursiona sobre el territorio
específicamente orquestal. Su preparación artística se dio en el
Conservatorio Nacional de Música de México, el London Opera Center, la
Royal Academy of Music y el Morley College. Sus maestros han sido
personalidades distinguidas como Tito Gobbi, Reri Grist, Geraint Evans y
Peter Gelhorn. Con este último completó su formación como director de
orquesta. Su talento y dedicación lo ha hecho acreedor a becas otorgadas
por los gobiernos de Gran Bretaña e Italia, para tomar cursos de
especialización en las ciudades de Londres y Siena.
A partir de su debut en 1979, Enrique Patrón ha dirigido
producciones operísticas con cantantes de la talla de Gilda Cruz Romo,
Eva Marton, Juan Pons, Ramón Vargas, Fernando de la Mora, Rolando
Villazón, Verónica Villarroel, Cristina Gallardo y Ainoa Arteta.
Ahora le corresponde el atisbo hacia el universo sonoro de un
compositor tormentoso y fascinante, cuya creatividad parece ajustarse
perfectamente a la turbulencia de los tiempos que nos corresponde vivir.
Admirado en vida como un director implacable aunque ignorado como
compositor, Mahler mencionó una frase profética: “Mi tiempo llegará…”.
Hoy es el tiempo de Mahler. Ésta es la época de la revaloración
para su genio creador. La inclusión de alguna de sus monumentales
partituras en el programa de cualquier auditorio o teatro del mundo, es
suficiente para generar una notoria expectación y colmar la sala de
escuchas ansiosos.
Un acercamiento a la sinfonía El Titán de Mahler nos conduce a
sus años de niñez y los inicios de su carrera profesional. Hacia 1888
decidió retomar los borradores de una sinfonía iniciada en 1884,
inspirada en la novela El Titán del alemán Jean Paul Richter
(1763-1825). Con apenas 28 años de edad había sido nombrado director de
la Ópera Real de Budapest y allí tuvo oportunidad de estrenar esta obra,
el 20 de noviembre de 1889.
Pero la obra fue recibida con indiferencia. Para muchos sonaba
demasiado “moderna”, uno de los aspectos más discutidos fue su carencia
de homogeneidad. El primer movimiento reproduce sonidos en la infancia
–toques de corneta en los cuarteles cercanos a la aldea de Kalischt, en
la región de Bohemia (hoy perteneciente a la República Checa), cantos de
cucús y aterciopelados sonidos– que se combinan con temas procedentes
de una obra anterior, Lieder eines Fahrenden Gesellen (Canciones de un
camarada errante).
El segundo movimiento no es el acostumbrado Adagio. Aquí se
presentan las primeras señales de los estados tormentosos por los que
atraviesan todas las obras de Mahler. El tercer movimiento es quizás el
que más desconcertó a los contemporáneos del compositor. Una marcha
fúnebre que resulta inquietante por tratarse de una grotesca y hasta
macabra deformación de la canción infantil Frère Jacques.
El sorpresivo paso hacia el movimiento final es indicativo del
curso que habría de tomar su creatividad en las sinfonías siguientes. Se
trata de un amplio fragmento por demás heterogéneo, estructurado por
células contrastantes entre sí. Si bien la fanfarria del primer
movimiento se hace presente en este tumultuoso final, ello no puede
contemplarse como un intento cíclico o unificador. Se dice que es la
reafirmación del hombre sobre su desgracia: el músico lamentaba la
muerte de su hermano Otto.
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