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El hombre de las nubes PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Ayulía Lira Grajales   
Saturday, 31 de July de 2004
Hace unos días llovió , llovió tanto que se crearon nuevos mares en lugares  de la tierra  aún  no conquistados, cerca quizá de la Atlántida , o  en alguna ciudad perdida en los confines del mundo.

Llovió , y ésa lluvia surgía de un principio abstracto  categorizado, con una  capacidad regeneradora y sutil. Fue una de las pocas veces que la  gente  observaba  a través de la ventana:  la parsimonia  de las gotas que bajaban lentamente hasta estrellarse en el suelo y explotar en miles de partículas. Al finalizar  el espectáculo acuoso, el mundo quedó anestesiado por unos segundos, para después volver a la normalidad de todos los días.

 Pero arriba , en el cielo;  algo había sucedido. ..
 
Después de haber liberado las nubes todo su líquido amniótico, se abrió  una de ellas, cuya apertura dejaba escapar una luz trascendental e inocua, unas veces amarilla otras blanca,  llena de esporas casi imperceptibles. De allí salió  no un arco iris lleno de color, ni  un camino directo a un tesoro, no , de allí salió un hombre con señas de infinito, bajó lenta y cadenciosamente hasta la tierra. Sólo algunos perros vieron aquel suceso, sin provocarles ninguna reacción extraordinaria.

Ese hombre  se confundía entre la gente según el lugar que visitaba, una vez visitó china y le sorprendió su colorido, el idioma sobre todo, el aroma de  sabiduría ancestral y espíritus en medio de edificios, visitó París, Roma, Egipto: del libro de los muertos recitó algunas frases y de entre las tumbas salió Tutankamón  a saludarle, eran antiguos amigos, miles de gatos lo observaban escondidos detrás de los resquicios de la majestuosa arquitectura.

Lo más sorprendente de este hombre, era, que algunos , sólo aquellos , los visionarios se percataban de que a través de su frente se podían ver no sus ideas ni sus pensamientos, sino sus sueños, los cuales algunas veces eran pesadillas sobre todo cuando las moscas del África lo hicieron enojar, cuando sufrió la más terrible tormenta interior o cuando una vez un hombre le grito cosas desagradables por qué estaba enojado. A veces sus sueños eran tristes, tan tristes que las niñas en los parques se ponían a consolarlo, llenándole de flores la cabeza  y de risitas los bolsillos, entonces sus sueños cambiaban y soñaba con ellas, escuchaba el sonido de los columpios  y  aspiraba su inocencia y felicidad.

Ahora que lo recuerdo, algo de  lo que  pude percibir de aquel hombre es que cuando dormía siempre tenía los ojos abiertos;  parecía que en él se anidaba una vigilia perpetua. Había personas a las que les daba miedo, sobre todo a los ancianos, porque veían en él la cara de la muerte. Pero no,  este hombre tenía algo que hacer y se llevó fracciones de tiempo y espacio  el día que se fue.

Ésa vez no llovía, pero la tarde se derramaba  en  una espesa niebla que daba escalofríos, yo,   observé la situela desde lejos cómo ascendía, me postre en una media luna  del espejo, mientras el  barítono sapo emitía sonidos armónicos y encerraba la llave que le había dejado aquel hombre, debajo de la tierra.

 
 
 
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