La reacción de muchos de mis compañeros no se ha hecho esperar, incluso cuando nuestra generación no se encuentra afectada dado el convenio firmado al momento de la inscripción donde se estipula que el monto que se percibió desde el principio continuará hasta el final de la estancia en el posgrado. Ellos mismos han convocado a asambleas, se han mandado comunicados a varios estudiantes por correo electrónico, etc. Incluso varios académicos de diversas instituciones han reprobado dicha medida; como el propio rector de la UNAM, José Narro Flores, quien lamentó dicha medida e invitó a los políticos a reflexionar sobre la importancia de incentivar la educación para sacar al país de la crisis (La Jornada, 14 de agosto de 2009).
Las implicaciones del recorte presupuestal no solo de los recursos a posgrados, sino también el anunciado por el Secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, del 1% a instituciones de educación superior, se ve reflejada en algunos cambios sustanciales dentro de la actividad científica: reducción de apoyos a la investigación, reducción en la oferta educativa en posgrados y, al mismo tiempo, se verá afectada la formación de capital humano que dedicada a la generación de conocimiento. Aunado a todo esto, no es difícil pensar en otra opción que tienen algunos académicos en cuanto a migrar a otros países en calidad de fuga de cerebros y con ello se vea disminuida la presencia de académicos-investigadores en nuestro país, lo cual no mejora en nada el panorama de la crisis.
Sin embargo, este tipo de hechos nos pone a pensar en diversos fenómenos dignos de análisis social: las relaciones entre producción científica, formación de cuadros académicos y políticas públicas. Vemos que las políticas de reducción de gasto público afectan en mucho la formación de científicos (de las áreas que sea: salud, técnica, biológica, humanidades y ciencias sociales, etc.) y con ello la producción de conocimiento. Entonces, me pregunto: ¿Es el campo científico realmente autónomo? ¿Qué consecuencias tendrá esta reducción en la vida social? En el presente artículo pretendo dar respuesta a dicha pregunta partiendo de las propuestas de teóricos como Pierre Bourdieu y Jürgen Habermas.
1.- EL CAMPO CIENTÍFICO: SU FUNCIONAMIENTO Y EL PROBLEMA DE LA AUTONOMÍA
Cuando hablo de un campo científico me adhiero a la concepción clásica del sociólogo francés Pierre Bourdieu, la cual nos dice que los campos son espacios estructurados de posiciones y actores –que poseen dichas posiciones de acuerdo a los capitales que posean- dentro del cual se entra en pugna por un bien simbólico específico. La analogía hecha sobre el funcionamiento del campo es la de un juego –similar al sentido que Wittgenstein da a esta idea- donde los actores acuerdan y reproducen las reglas del mismo, cada uno posee un sentido práctico que le permite actuar dentro del campo de manera adecuada y, así mismo, los actores participantes del campo poseen similitudes en cuanto a ideas y concepciones del mundo y de las aspiraciones contenidas en el hábitus (Bourdieu, 1990).
De acuerdo con la teoría de los campos de Bourdieu, los campos están en constante interjuego, es decir, muchas veces los actores de un campo pueden incursionar o afectar el funcionamiento de otro(s) campo(s). Sin embargo, nos dice Bourdieu:
Digamos que cuanto más autónomo es un campo, más intenso será su poder de refracción y más se transfigurarán las coacciones externas, al extremo de volverse, con frecuencia, absolutamente irreconocibles. El grado de autonomía de un campo, en consecuencia, tiene como indicador principal su poder de refracción, de retraducción. (Bourdieu, 2000: 76)
Esto quiere decir que, mientras el campo sea lo suficientemente autónomo –independiente de la influencia de otros campos-, las decisiones tomadas fuera de este tendrán menos repercusiones al interior del mismo. En un esquema ideal podríamos pensar que si el campo científico fuera completamente autónomo, las decisiones tomadas por el Estado en materia económica o educativa no tendrían repercusión en el mismo. Los científicos seguirían produciendo diversos saberes sin necesidad de depender del gobierno o de la iniciativa privada. Sin embargo, en párrafos abajo veremos cómo esto solo se queda en la escala de las buenas intenciones.
En el caso del campo científico, este cuenta con actores (los científicos), capitales en juego (la producción científica que cada uno desarrolla, los amparos institucionales que lo acogen –SNI, CONACYT, Universidades Públicas e Institutos de Investigación-, etc.), relaciones entre grupos de actores (la pugna entre científicos ortodoxos que cuenten con mayor antigüedad en el gremio y los newcomers que vengan de una preparación más reciente), medios de consagración (otorgamiento de premios, de doctorados honoris causa, en algunos casos, Premios Nobel) y uno o varios recursos específicos que generen la pugna entre estos grupos de actores (el reconocimiento por parte de los pares de ser voz autorizada). Este tipo de planteamiento de la vida científica nos hace pensar en que las relaciones entre quienes producen conocimiento no son del todo cordiales, sino que también existen luchas por ser reconocidos con mayor fuerza que otros colegas. Por eso, para Bourdieu los científicos se dividen en dos tipos de acuerdo al poder en el que se amparan para buscar la legitimidad: los que apelan al capital científico puro (la calidad de su producción científica) y los que recurren al capital institucional que han desempeñado cargos públicos o participando dentro de la disputa político-partidista) (Bourdieu, 2000). En este sentido, los científicos al interior de su campo de fuerza pueden recurrir a diversos recursos –tanto internos como externos- para desarrollar su monopolio de la verdad científica.
Podemos pensar en ejemplos concretos que nos ilustren en cuanto a la importancia de lo anteriormente planteado. A nivel Veracruz, en la actualidad existen diversos científicos sociales que han llegado a la consagración y han conseguido el poder de la definición del saber válido como Félix Báez-Jorge, Carmen Blázquez, Alberto Olvera, Sara Ladrón de Guevara entre otros. Sin embargo, existen otros científicos sociales que han intentado legitimarse dentro del campo científico a partir de su politización, como Inocencio Yáñez (economista y director de la Fundación Colosio-Veracruz). Existen otros actores que pueden ser apreciados como newcomers por los científicos ortodoxos y que vienen pujando para lograr ser reconocidos dentro del campo (ejemplos hay bastantes y serían imposibles de citarlos). Pero lo que los une dentro de toda esta pugna por el reconocimiento es la necesidad de buscar recursos que les permitan tanto a los ortodoxos como a los politizados y a los newcomers desarrollar conocimiento, y ninguno de ellos por sí mismos puede elaborar grandes investigaciones sin recursos económicos e institucionales que los amparen. Por lo tanto, todos ellos andan tras la caza de estos bienes.
El caso de las instituciones que ofrecen posgrados es importante para comprender la pugna entre los científicos por la hegemonía dentro del campo. La creación de estos, su amparo institucional por parte de CONACYT y su evaluación por parte de diversas instancias educativas son un recurso más de competencia interna. Los profesores-investigadores que dan clase dentro de una institución cuyo programa de posgrado cuenta con prestigio nacional e internacional puede llegar a tener una mayor reputación que otros que no están ni siquiera insertos en la formación de cuadros. Del mismo modo, la formación de cuadros eficientes también es apreciada dentro del campo científico, logrando atraer mayores recursos para competir en el campo, una mayor reputación a las instituciones productoras de conocimiento y una mayor influencia entre los científicos en formación que posteriormente se integrarán al campo. Aunque pareciera que la cuestión de las becas otorgadas a los estudiantes de posgrado fuera un asunto poco importante para comprender la producción científica, todas estas cuestiones nos revelan una mayor implicación entre ambos problemas: la producción de conocimientos y la legitimación de los científicos por ellos mismos.
Quizá la cuestión de la necesidad de los actores científicos por adquirir recursos externos para el desarrollo de conocimientos sea lo más importante para comprender si el campo científico es realmente autónomo. A nivel de la investigación social, como he mencionado antes en el caso de Veracruz, podemos ver cómo diversos investigadores y académicos recurren a becas y fondos de apoyo científico otorgados por el Estado por medio del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT): programas de Fondos Mixtos, apoyos dados a investigadores que son miembros del Sistema Nacional de Investigadores, entre otros. Del mismo modo, quienes quieren incursionar dentro del ambiente académico y de investigación científico recurren muy a menudo a programas de becas dado por el gobierno federal, con lo cual financian sus estancias de estudio y también el desarrollo de sus investigaciones.
Debo hacer hincapié de que, a pesar de que lo he tratado con mayor énfasis, el Estado no es el único mecenas de la producción científica. También la iniciativa privada (grandes empresarios, organizaciones civiles y fundaciones derivadas de diversos actores que se desenvuelven en el campo del mercado) elabora grandes programas de apoyo a científicos, sea para su formación o para el desarrollo de conocimiento. Los más conocidos en el medio humanístico y de las ciencias sociales son las Becas Ford, Guggenheim, Carnegie, e incluso de empresarios nacionales como Carlos Slim han salido apoyos económicos a estudiantes de licenciatura y posgrado como las Becas Telmex.
Así pues, la formación de cuadros científicos y la producción de conocimientos por parte de científicos profesionales no debe entenderse como una actividad desligada de otros campos sociales, como el campo político y el campo económico, sino que entre estos puede haber una dependencia mutua. El campo científico no solo no es autónomo por no poder adquirir recursos económicos y sociales propios que puedan sostener a sus integrantes dentro de sus propias pugnas de poder, sino que tampoco es autónomo en el sentido de que los científicos –o científicos en formación- no pueden generar cualquier tipo de conocimiento, sino aquel que es útil a los mecenas . Dado esto, podemos ver la importancia tan grande que tiene dentro del campo científico la reducción a los presupuestos destinados a las actividades científicas y tecnológicas anunciados en estos últimos días: por un lado, la dinámica interna de producción de conocimiento se verá disminuida; por otro, se reducen los recursos que necesitan los mismos científicos para mantener la dinámica por la legitimación de nuevos saberes; por último, la generación de nuevos cuadros se verá disminuida e incluso esto derivaría en una opción que afecta al gremio intelectual nacional: la fuga de cerebros a otros países donde se les ofrece mejores condiciones de trabajo y estabilidad laboral.
2.- REPERCUSIONES DEL RECORTE PRESUPUESTAL A LA CIENCIA EN LA VIDA SOCIAL
Pensar en las repercusiones del recorte presupuestal a la ciencia solamente dentro del campo científico puede parecer un ejercicio de carácter formalista y sin anclaje social, por lo tanto también me detendré a analizar las posibles repercusiones que puede tener dentro de la vida de quienes no integran el campo científico. Me baso en Habermas para afirmar que la producción de conocimiento por parte de los científicos sí influye dentro de la vida de los actores legos (Habermas, 2007), también incluyo dentro de esta análisis las reflexiones de Zamora Bonilla (2005) en cuando a la ciencia como asunto público.
La producción de nuevos conocimientos ha generado en muchos sectores de la población no solamente cambios en su mundo de vida, sino también en su forma particular de concebir los problemas sociales y culturales que les rodea. Siendo la ciencia un ejercicio crítico, los científicos han alertado a la población de las repercusiones de sus actos sea para la afectación del entorno ecológico o de cuestiones como la discriminación y problemas de coexistencia social. Uno de los científicos mexicanos que más ha contribuido a la labor de poner temas científicos dentro del dominio público ha sido Mario Molina, investigador de la UNAM y Premio Nobel de Química (1995) que ha alertado no solamente a políticos sino también a varios sectores de la población a partir de la utilización de medios de comunicación masivos de los peligros de la utilización de contaminantes del aire, ya que pueden generar daños irreversibles en la capa de ozono y agudizar el problema del calentamiento global. Otro científico mexicano que ha contribuido a lograr debates públicos sobre conocimientos provenientes de la ciencia ha sido Gonzalo Aguirre Beltrán, quien con sus estudios sobre las dinámicas socioculturales de las comunidades indígenas nos mostró la necesidad de no dejar de lado a las poblaciones marginadas dentro de la búsqueda de desarrollo económico y social del país.
Todas estas discusiones nos hacen pensar que el ejercicio de la ciencia no es desinteresado, no puede ser completamente basado en la generación de conocimientos puros y tampoco es necesariamente un asunto privado. Habermas dice al respecto:
La relación entre progreso técnico y mundo social de la vida y la traducción de las informaciones científicas a la conciencia práctica no puede ser asunto de formación privada. (Habermas, 2007: 123)
Por lo tanto, los recortes presupuestales pueden generar un obstáculo dentro de la posibilidad de generar debates sobre los alcances y consecuencias de nuestras acciones sociales y culturales.
Una posible alternativa desarrollada por autores como Zamora Bonilla es la de apelar a la iniciativa privada como una posibilidad de financiamiento para producir conocimientos científicos. Para Zamora Bonilla, el hecho de que la ciencia sea privatizada, en el sentido de que los empresarios y hombres de negocios sean los que financien la actividad científica en vista de la dificultad del Estado para lograr un mecenazgo completo, no reduce la posibilidad de que la ciencia sea democrática (Zamora Bonilla, 2005: 91). Sin embargo, no debemos olvidar el hecho de que el que paga, manda. Si bien Zamora Bonilla no ve en dicha privatización de la ciencia un obstáculo para la objetividad científica, lo cierto es que existen casos donde los avances científicos pagados por empresas privadas transnacionales han afectado la vida de muchas personas en el mundo de manera poco deseable. Dentro de un reporte elaborado por la consultoría española ETC Group de Noviembre de 2008 titulado “¿De quién es la naturaleza?”, se citan varios casos de avances dentro de procesos de producción de alimentos que han derivado en problemas de salud para la sociedad. A continuación citaré algunos casos concretos:
En octubre de 2008, Canadá confirmó que el bisfenol A (BPA) –un producto químico utilizado para fabricar biberones y botellas de agua de plástico (y encontrado en el revestimiento de casi todas las latas de refrescos y en alimentos enlatados) – es una sustancia tóxica, especialmente peligrosa para infantes. Solo en Estados Unidos anualmente se producen más de 6 millones de libras (3.000 toneladas) de productos que contienen BPA.
(…) El sistema corporativo del rubro alimenticio redefinió la noción de comida fresca superando los obstáculos que alguna vez impusieron la naturaleza o las leyes. El autor holandés Jan Douwe van der Ploeg describe cómo la suavidad y el sabor del pollo industrial, por ejemplo, no están necesariamente relacionados con su cría, alimentación o tratamiento, sino que puede ser el resultado de “la inyección de agua, proteínas adicionales, suavizantes y saborizantes en cualquier raza de pollo”.12 La carne oscura del pollo, añade van der Ploeg, “se tritura, se mezcla con agua en una carne rezumada, centrifugada y cocinada, después de lo cual … se obtiene un filete de pollo blanquecino”.13 Él estima que el 80 por ciento de la investigación en la industria alimenticia se orienta a la manufactura de ese tipo de “cambios de límites”. (ETC, 2008: 8).
Esto nos da una idea de los riesgos de apelar por un completo mecenazgo privado de la ciencia, por lo tanto parece no ser una estrategia viable si pensamos la ciencia no solo como una forma crítica de generación de conocimientos, sino también como una generación de conocimientos con responsabilidad social.
CONCLUSIÓN
Evidentemente, la reducción a los presupuestos destinados a la educación superior y a la generación de investigaciones científicas trae consecuencias difíciles no solo para los científicos por sí mismos (que poseerán menos recursos económicos e institucionales que les permita navegar dentro de su propio campo), sino también para la sociedad en general. Hemos visto cómo los científicos han tomado un papel importante dentro de la crítica a las acciones sociales que pueden traer consecuencias nocivas para el entorno ambiental, las relaciones sociales y la conservación de especies en peligro de extinción. Así mismo, también hemos analizado las consecuencias que podría traer el cambio hacia un mecenazgo privatizado, donde si bien esto no afecta la objetividad del conocimiento generado por los científicos, si afecta en otros ámbitos de la vida social, ambiental y de los propios individuos que consumen productos industrializados de cualquier tipo.
Pienso entonces en otra alternativa al problema: que los mismos científicos sean los encargados de hacer valer su condición de generadores de conocimiento y aprovechen los canales que disponen para socializar su postura frente a estas circunstancias. La garantía de que el Estado provea a los científicos de recursos para desarrollar sus investigaciones es que, dependiendo de los grupos que detenten el poder del Estado, existirá una mayor preocupación por generar saberes pensando en demandas públicas y no de particulares. Esto implica una mayor discusión sobre las consecuencias directas y no planeadas de los descubrimientos científicos. Las certificaciones de empresas privadas destinadas a anunciar que sus productos son producidos por empresas socialmente responsables no son suficientes para confiar en que dichos productos –o sus campañas publicitarias- no generen consecuencias nocivas para la sociedad (recordemos los ejemplos de Coca-Cola y Burger King, donde sus campañas publicitarias reprodujeron y contribuyeron a la socialización del estereotipo del mexicano sombrerudo, huarachudo y enfermo de influenza en algunos países europeos).
Debemos estar conscientes de que tampoco el Estado ha sido un mecenas responsable en tanto ha habido trabajos científicos que han logrado que grupos de poder político consoliden sus redes clientelares (las investigaciones de diversos economistas como Santiago Levy generaron programas públicos como Oportunidades, que ha sido acusado por sus detractores de ser parte de un uso electorero), pero las acciones del Estado conciernen a todos los sectores de la sociedad mexicana y se encuentran dentro de la discusión pública. Por lo tanto, considero que los que nos dedicamos a la generación de conocimientos (sea que lo hagamos en fases de formación o como actividad profesional) debemos levantar la voz para revertir estas acciones que, como he mencionado antes, no solo afectan a un gremio, sino a todo el país en su conjunto.
FUENTES:
Bourdieu, Pierre
(1990): “Algunas propiedades de los campos”, en Sociología y cultura, México, Grijalbo/CONACULTA
_____________
(2000): Los usos sociales de la ciencia, Buenos Aires, Nueva Visión
CONACYT
(2009): Convocatoria para participaren el programa de fondos mixtos para la investigación científica CONACYT-Gobierno del Estado de Veracruz, en http://www.conacyt.gob.mx/Fondos/Mixtos/Veracruz/2009-02/FOMIX_Veracruz_2009-02_Bases-Convocatoria.pdf
ETC Group
(2008): ¿De quién es la naturaleza? El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida, Documento Electrónico PDF
Habermas, Jürgen