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Discurso de Carlos Converso PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Converso   
Friday, 04 de September de 2009

Discurso de Carlos Converso al recibir un reconocimiento por su trabajo como titiritero organizado por la 20ª Feria del libro Infantil y Juvenil de Xalapa realizado el sábado 25 de julio de 2009.

 Quiero agradecer muy especialmente a mis colegas, la Mtra Lourdes Aguilera y al Mtro. Francisco Beverido por haber aceptado compartir este acto de reconocimiento y por la elogiosa semblanza que trazaron de mi persona como artista, de veras muchísimas gracias, aprecio de manera muy especial su presencia aquí.

Y por supuesto, de igual manera, a los organizadores de la feria y en particular a la Mtra.Lourdes Hernández Quiñónez por creer que soy acreedor de este reconocimiento, me siento honrado y muy complacido. Muchas gracias.

Me gustaría, si ustedes me lo permiten, y tomando en cuenta que este es un reconocimiento a una trayectoria, este 2009 cumplo 40 años de haberme iniciado en el teatro y 35 en  los titeres, referirme brevemente a este camino andado y mencionar aunque sea brevemente, qué papel han jugado y juegan los títeres para mí y en la proyección de mi trabajo, hacia los demás; tomando en cuenta que son los fieles compañeros de buena parte de esta travesía, y que como toda sociedad de trabajo y convivencia tenemos momentos de gran entendimiento y armonía y otros donde nos llevamos de la patada.

Yo no fui de aquellos afortunados para los que el teatro se les ha revelado a la manera de  una epifanía, donde no son ellos los que eligen sino la musa Talía la que los señala convirtiéndolos en los afortunados favoritos; por el contrario, he sido de los que han transitado un camino accidentado y con alternativas diversas.
 
Yo quería ser actor, con expectativas de éxito como actor; fantaseaba con ser un buen actor de carácter que conmoviera a la audiencia en dramas y tragedias. Pero vivíamos un tiempo, a finales de los sesenta y principios de los setentas, atravesado de luchas y revoluciones, de deseos de cambio, de sueños de una sociedad más justa; y estas convicciones se fueron consolidando a la par que aprendíamos actuación, el resultado fue teatro político. De modo que mis primeros sueños de triunfar como actor en los teatro burgueses pronto se vieron frustrados.   Mi primer acercamiento a los títeres ocurrió cuando conocí  a Javier Villafañe, un artista excepcional, poeta, cuentacuentos, mitotero y titiritero. Me fascinó su persona, su magia y encanto, y también sus títeres; fue entonces que otro compañero y yo decidimos aprender con él a construir y manipular títeres de guante.
 
Este fue mi primer contacto palpable con los títeres, en especial considerando que el primer títere que hice en papel maché se quemó en el horno de una estufa al intentar secarlo.
 
En principio nuestro planteamiento fue vamos a montar un espectáculo con títeres para trabajar en las escuelas y tener así el ingreso necesario que el teatro de actores no nos daba. Suena, como se ve,  bastante prosaico. Así fuimos ganando poco a poco una cierta destreza en la manipulación de muñecos y probando casi naturalmente la mezcla de actuación y títeres.
 
Este era nuestro modo de subsistencia principal; lo importante, lo de mayor valía artística de alguna manera era lo otro, la actuación. Ocasionalmente en los espectáculos de actores incluíamos algún títere. Así, había sin proponerlo mucho dos áreas definidas de trabajo, en el ámbito de las escuelas dirigido a público infantil: los títeres; para los adultos un teatro crítico y con marcada misión concientizadora. Esto duró aproximadamente unos seis años con una suerte dispareja.
 
Debo confesar que me costó tiempo y trabajo asumirme como titiritero, sufríamos el peso de esa subestimación que soporta el teatro de títeres y se reflejaba, sin duda, en la manera como practicábamos nuestro trabajo escénico.
 
Los primeros años de la década de los 80 vivíamos una tremenda crisis como teatro de grupo, tanto en los presupuestos ideológicos que animaban a ese teatro, como el discurso artístico y formal, como a nivel personal; sumado a ello, en lo específico del teatro de títeres dirigido a los niños, lidiábamos con una formula notoriamente desgastada y repetida en la manera de estructurar y presentar los espectáculos infantiles.
 
La imagen típica de ese descontento era nuestro hartazgo a presentar gusanitos. En este contexto, y como una reacción viceral a esta situación, respondiendo a un llamado más emocional que racional, surge en 1984 el espectáculo de títeres para adultos "Pandemonium". 
 
En algún punto era como un pitorreo a toda la ñoñería y complacencia de la mayoría de los espectáculos infantiles del momento, nos movió la intención de presentar algo fuerte, descarnado, inusual para esa época, pero sin medir alcances ni consecuencias, sólo después de un tiempo y observando la reacción del público y la crítica, me percaté que los títeres se nos habían impuesto mostrando una faceta nueva para mí y demás compañeros (uno de ellos Lourdes aquí presente).
 
Se nos abrió un mundo nuevo de posibilidades, comenzamos a descubrir un lenguaje superior de los títeres: por una parte, el valor material y formal de los títeres donde la metáfora puede encarnar en la materia misma, donde el humor y el absurdo son parte intrínseca de esa palpabilidad esencial, esa cosa que a través de una manipulación particular es capaz de crear una magia singular donde lo inanimado cobra vida y sentido escénico. Descubrimos que los títeres pueden representar personajes completos y complejos, y que es un medio de expresión escénico que tiene total competencia para abordar cualquier tema.

Las particularidades y matices de este fenómeno fueron el resultado un proceso de investigación y práctica de varios años,  que en cada nuevo espectáculo presenta nuevos retos y formas de resolver dilemas y problemas escénicos. Ese fue un  momento de gran importancia en mi carrera como teatrero y titiritero, que genera un cambio que me permite vislumbrar otro nivel de expresión de mayores alcances y valores artísticos y que me ha permitido paulatinamente, a lo largo de estos años, reconciliarme y asumirme como titiritero.  
 
Cada etapa tiene sus desafíos y posibilidades, muy rapidamente quiero decir que en los años 85 y 86 trabajamos en un programa de variedades para la televisión en el antiguo Imevisión que lo conducía Alejandro Aura, fue una experiencia increíble, donde nos daban total libertad para hacer lo que quisiéramos,  un laboratorio maravilloso para experimentar y probar diferentes técnicas, materiales y personajes en un ejercicio de síntesis temática muy exigente.
 
A finales del año 86 vinimos a vivir a Xalapa, decidimos como familia con hijos pequeños abandonar o huir del smog, del tráfico enloquecido, de la inseguridad, de la neurosis de la gran urbe; y elegimos Xalapa, la Atenas Veracruzana.
 
23 años han pasado a la fecha  y diferentes alternativas; pasamos por la Universidad Veracruzana en un proyecto frustrado de formar una compañía de marionetas, y donde  logramos poner en escena una obra recordada por muchos "Un halo de esplendor" de Adriana Menassé; después algunos espectáculos con elencos circunstanciales y en 1992 una mancuerna, a mi parecer, afortunada, la que formamos el apreciadísimo Pepe Camacho y yo, que solo alcanzamos a crear "Al son de un corazón", "Entre el eros y el tenates" y "títeres para trasnochados". Lamentablemente Pepe fallece y nos quedamos sin un dramaturgo talentoso. Es interesante señalar que el reto que implicaban estas obras era que los títeres se enfrentaban a largos parlamentos, con múltiples referencias y matizados por la presencia constante del albur; de este desafío salieron los muñecos bastante airosos, creo.
 
En estos últimos años los títeres nos han acompañado, obedientes a veces y a regañadientes otras en diferentes propuestas y experimentos escénicos, así se han sucedido diferentes obras, algunas con elencos numerosos y otras unipersonales: "Barbacoa", "La Pesquisa", "Ubu reciclado", "Capicua", "El oso que no lo era...."

Hace apenas cinco años, los títeres me convocaron una noche para decirme:
 
"Después de todos estos años de trabajar juntos te hemos ido conociendo poco a poco y
queremos decirte que te encontramos ya maduro, con la edad suficiente y el conocimiento que dan los años; creemos que ya puedes abrir una escuela para enseñar el arte de los títeres."

 
Y así fue como se creo el CEAT, obviamente con el concurso y el apoyo de varios colegas más.
 
Esa es otra aventura de la mano de los títeres. Como la de dar clases en la Facultad de Teatro de la UV.
 
Para finalizar soy un convencido que un artista tiene la obligación de entender a su público, incluso a los diversos públicos que existen, debe intentar conocer su compleja psicología: sus anhelos, sus gustos y preferencias, sus descontentos, su rebeldía, a veces y otras, su apatía; tiene que arriesgar a interpretar lo que está en el aire, en el corazón y la piel de la gente.
 
Yo he intentado hacer esto casi como un deber, con resultados diversos, claro está; pero con la convicción de que el teatro por ser, en última instancia, una manera de comunicarse debe tender ese puente, de múltiples formas: sorprendiendo, invitando al juego, sugiriendo la reflexión, enfatizando el asombro, contagiando el humor y la alegría, intentando belleza y poesía, y jugando y volviendo a jugar. Y para mí, quien me ha ofrecido estas numerosas posibilidades con mayor nitidez ha sido el teatro de títeres.
 
Muchas gracias a todos.
 

 
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