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¿Votar o no votar?
Miguel Ángel Salas Galán
Estudiante de Sociología Universidad Veracruzana
A mis compañeros, todos.
Estos
espacios me parecen importantes para reflexionar colectivamente. La actual
situación nacional, enmarcada por el proceso electoral y la cada vez más
intensa movilización juvenil en contra del candidato del PRI y los medios de
comunicación más importantes del país, son un llamado a no quedarnos como
espectadores, viendo cómo el show nos
arrastra estando de brazos cruzados. Tengo que señalar que a mi parecer y
considerando la situación, lo importante ya no es si votar o no votar,
abstenerse o ir, sino que lo que más dudas podría dejar, al menos para mí, es
votar "por el menos peor". Lo anterior no es tanto por mi
"compromiso con la democracia" o mi "obligación como
ciudadano". Son aspectos que me tienen sin cuidado. Lo que sí me preocupa
de no votar es lo que los partidos políticos vayan a hacer con el voto que yo
no emita, en especial el PRI y el PAN (que para el caso vienen funcionando como
un mismo ente que no distingue colores o consideraciones ideológicas, y en el
que bien podrían entrar los llamados "partidos de izquierda"). Aun
así, en cierto modo votar significaría, de algún modo, aprobar o legitimar el
actual sistema electoral y sus mecanismos, muchos de los cuales no tienen nada
de “avanzados”. Mapaches, chayotes,
urnas embarazadas, compra de votos,
pactos y negociaciones, papel de los medios de comunicación, entre otros tantos
mecanismos efectivos para conseguir el poder que se han mantenido desde el
siglo pasado, y que, de manera espectacular, han devenido en otros más modernos. Twitteros a sueldo, bots
que publican toneladas de laureles al candidato que renta el servicio,
encuestas a modo que circulan por internet, entre otras formas. Es dar por
válido un sistema viciado de pies a cabeza, corrompido y deslegitimado por
tragedias históricas.
Por supuesto mi participación no
está destinada a repartir respuestas. Quien llegó a querer escuchar a un joven
decir las máximas que buscan solucionar el mundo estaba, claro está,
equivocado. Y es que mi posición política actual podría representarse como una
enorme bandera multicolor con un gran signo de interrogación en el medio. La
gran duda. Sin embargo, aun dentro de esta gran duda hay ciertas certezas.
Primero, por amor a la vida, los grupos del poder no pueden seguir gobernando,
y segundo, que la acción política va más allá del voto. Sea.
El escéptico. La duda como
bandera. No confío en los políticos. No confío en la
política nacional, al menos en aquella que se mira por televisión. Tampoco
confío en las instituciones "democráticas". La misma palabra
"democracia" arroja vientos fríos que me hacen temblar. No he sentido
ninguna cercanía con los partidos políticos. Siempre fueron ajenos a mi vida, y
más bien los miraba con cierto recelo, pues mi opinión hacia ellos era
alimentada por un fuerte resentimiento de una parte de la sociedad. "Solo
chingan a la gente", escuchaba decir una y otra vez. Conforme pasó el
tiempo, esta percepción se fue reforzando. Antes no me sentía identificado con
la política, las palabras que usaban se me hacían de otro mundo, que no tenían
correspondencia con la realidad. Comencé a darme cuenta de la manera en que se
desenvolvían en el barrio, la condición mafiosa de grupos como “Antorcha
Campesina”, y comencé a darme cuenta también de la poca coherencia con que se
manejaban, y la contradicción de lo que uno veía en la tele y lo que uno vivía.
Nuevas palabras se fueron acumulando
en mi vocabulario. Acarreados, despensas,
achichincles, robar, transar, chingar... Ahora ya los veía con un profundo desprecio. Se me hacáa
deplorable la sola idea de pertenecer a un partido político. Incluso me los
imaginaba como entes grises, que poco o nada tenían que ver con vivir, que no eran mi espacio como chavo, que era para señores, para
ancianos, que era algo anticuado, estático, que desgastaba mi juventud:
Estudiante. Universitario. Clasemediero. Varón. Algunas de las clasificaciones
o categorías con las que se me podría definir, y ninguna es respondida por la
política nacional. No me siento representado por los políticos, ni siento que
la política me aporte cosa alguna. Mucho menos con una de las categorías más problemáticas
y más debatidas en la actualidad. Como joven me siento a años luz de la
política. Las políticas sociales que se hacen en nombre de la juventud no
tienen siquiera idea de que ya no podemos hablar de "juventud", sino
de "juventudes", un extenso abanico de identidades e inclinaciones.
Tampoco me conmueven las propuestas de los partidos en "matera de
juventud". Ja. No encuentro respuestas en ellos, no encuentro alternativas,
ni siquiera sé si encontraré trabajo cuando termine mi carrera. ¿Irónico, no? Y
mi sociedad sigue pensando en el poder sacrosanto del "papel" que me
certifique como "licenciado", y los partidos me ofrecen el puesto de lambiscón, para que forje mi carrera y
encuentre el trabajo que me dé el sustento reptando y arrastrándome entre la
fauna burocrática. La manera en que las instituciones se conducen ya no
responden a las necesidades e intereses que la juventud va teniendo. La
escuela, la familia, la iglesia, la política, van perdiendo terreno en el
interés de los jóvenes.
Y más. Al ver a la gente en las
condiciones en que vivía, y al compararlo con lo que los partidos y su gente
hacían y decían, se me venía un enorme coraje y una enorme frustración por no
poder hacer algo. Y es que con los políticos pasó un fenómeno importantísimo. Se convirtieron en clase política. Cuando
hablo de clase política entendemos un sector social diferenciado de los demás,
con funciones propias, y agregamos que, en especial esta clase, puede auto perpetuarse,
reproducirse a sí misma, incluso ya sin necesidad del pueblo. Muchos dirían que
sí toman en cuenta al pueblo, de otro modo el pueblo no los dejaría hacer lo
que les venga en gana. La realidad es por supuesto otra. Hacen lo que les venga
en gana, pues el pueblo se ha convertido en un instrumento más de entre tantos
que tienen para auto perpetuarse, basándose en la idea de que el pueblo jamás
hará algo para defenderse. Entonces no dejaba de pensar en los partidos
políticos como un lastre que estábamos cargando, y que no teníamos ninguna
necesidad de que tuviera que ser así. Y aun no conocía de ellos ni la cuarta
parte de lo que son.
Y de pronto aparece en escena un
personaje como López Obrador. Alguien que no solamente se perfila como un
candidato más, sino que se ha vuelto ya, para muchos sectores de la población,
incluyendo jóvenes, como un Mesías, el
gran salvador y redentor de una patria que muere adolorida. Cuánta gente se ha
movilizado en su nombre, organizaciones en su apoyo se crean a lo largo del
país y se extienden rápidamente por medio de las redes sociales. Sus propuestas
son las mejores, no tiene indicios de corrupción y conoce al derecho y al revés
las redes de corrupción que se crearon en la clase política. Es el mejor
candidato que hemos tenido, la verdadera solución y el cambio real que
necesitábamos, con el estaremos mejor. Entonces, ¿porque tu terquedad de
cuestionarlo, chamaco?
Mi posición de escepticismo podría parecer
quizá, en este contexto, como el capricho de un joven que quiere transformar el
mundo, el acelere de un chavo soñador que no mide su ímpetu, de un sociólogo criticón de clase media que juega al rebelde. Pero eso
también me tiene sin cuidado. Casi por principio, considero al acto de dudar
como básico, un acto intelectual imprescindible, sobre todo en situaciones sociales
tan delicadas como la actual. Lo que si me preocupa es la ceguera con que mucha
gente se suelen conducir a la hora de hacer política.
Es fácil pensar que "él", el candidato, es el cambio, el líder que ha venido a sacarnos de la
miseria, y que nuestra acción política tal vez sí vaya más allá de
"el", pero es hasta donde el sistema político diga. Desde sus
campañas, desde sus mítines, desde sus pancartas, desde sus discursos, desde
sus tribunas. Allá. Por eso se me hace estéril incluso discutir sobre "los
políticos". Hablar de ellos, de los candidatos, discutir de lo que dijeron
o hicieron. Es quedarnos en la facha y cometer el terrible error de pensar que
sus actos responden a ellos mismos. Por supuesto, tampoco quiere decir que
carezcan de importancia, porque entonces ¿quién sería responsable, por ejemplo,
de lo sucedido en San Salvador Atenco? ¿Quién tendría que responder por ello?
¿El capitalismo? La importancia que ellos tienen es como un elemento más dentro
del sistema, como partes integrantes de un proceso histórico. Por tanto, no
preocupan solo ellos y la gente que traen detrás, o las complicidades y formas
de corrupción con que se manejan. Importa también a qué sistemas políticos y
económicos responden, bajo qué valores se conducen y a qué supuestos
ideológicos representan. Lo que importa es entenderlos en su totalidad.
Más allá. Hacer política, como mencioné arriba, es ir más allá del voto. Puede
devenir, incluso, en marginarse de lo institucional, que tampoco es como una
simple manifestación de rebeldía, sino como una necesidad. Por eso es
pertinente buscar nuevas formas de hacer política, de tomar decisiones, de hacer algo, pero, ¿por qué no hacerlo nosotros, los llamados estudiantes? Buscar organizaciones
horizontales, tratando de organizarnos sin lideres, practicando ahora si, en tierra
lo que han venido a llamar democracia. Tomar el control de nuestros espacios,
de nuestras aulas y escuelas, tomar lo que nos pertenece y decidir
"nosotros" que haremos con él. Tomar el control de lo que vamos a
aprender, de cómo queremos que nos enseñen, devolverle el poder político y
transformador a lo lúdico, que estar
juntos pueda volverse elemento transformador frente a la frialdad de un
sociedad que ve en la individualización una tierra prometida. Volver a salir.
Y sobre todo, esparcir la información. Llevar a la gente
aquello que conocemos, aquello que nos inquietó y que nos mueve. Ir más allá de
las aulas, traducir el lenguaje de academia a la vida real, a lo cotidiano,
ofrecer respuestas.
La organización estudiantil es
urgente. Como estudiantes y como sociedad estamos perdiendo terrenos. Los
semestres se acortan, los contenidos son cada vez más dudosos, la escuela está
dejando de pertenecernos, si no, ¿por qué no querían otorgar el espacio de la
cafetería bajo la coordinación de los estudiantes? ¿No es eso, en parte, al
menos una pequeña conquista? Por supuesto, tampoco debemos considerar las cosas
en blanco y negro. Ni solo el PRI es el ultimo circulo de los infierno, ni el
PRD o el PT son la santidad. Así mismo, pensar que el movimiento estudiantil (signifique lo que eso signifique) es la
real "oposición" al poder es pecar de ingenuidad. Ya no estamos para
ver la vida en binarios, ni para odiar al contrario, ni para caer en
sectarismos ni fundamentalismos. Ya no sabemos dónde comienza el blanco y donde
termina el negro, el otro, "el malo". Habrá que cuestionarlo en su
totalidad, ser agudos y críticos en todo aquello que se nos presente, habrá que
cuestionar por donde se andará, que se dirá, que se pensará, cómo se actuará;
pero bueno, tal vez estas consideraciones sean el capricho de un joven que
quiere transformar el mundo, el acelere
de un chavo soñador que no mide su ímpetu, de un sociólogo criticón de clase media que juega al rebelde, pero, como
les dije, eso es algo que me tiene sin cuidado.
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