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¿Votar o no votar? PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Miguel Ángel Salas Galán   
Monday, 18 de June de 2012

¿Votar o no votar?

Miguel Ángel Salas Galán

Estudiante de Sociología Universidad Veracruzana

 

A mis compañeros, todos.

Estos espacios me parecen importantes para reflexionar colectivamente. La actual situación nacional, enmarcada por el proceso electoral y la cada vez más intensa movilización juvenil en contra del candidato del PRI y los medios de comunicación más importantes del país, son un llamado a no quedarnos como espectadores, viendo cómo el show nos arrastra estando de brazos cruzados. Tengo que señalar que a mi parecer y considerando la situación, lo importante ya no es si votar o no votar, abstenerse o ir, sino que lo que más dudas podría dejar, al menos para mí, es votar "por el menos peor". Lo anterior no es tanto por mi "compromiso con la democracia" o mi "obligación como ciudadano". Son aspectos que me tienen sin cuidado. Lo que sí me preocupa de no votar es lo que los partidos políticos vayan a hacer con el voto que yo no emita, en especial el PRI y el PAN (que para el caso vienen funcionando como un mismo ente que no distingue colores o consideraciones ideológicas, y en el que bien podrían entrar los llamados "partidos de izquierda"). Aun así, en cierto modo votar significaría, de algún modo, aprobar o legitimar el actual sistema electoral y sus mecanismos, muchos de los cuales no tienen nada de “avanzados”. Mapaches, chayotes, urnas embarazadas, compra de votos, pactos y negociaciones, papel de los medios de comunicación, entre otros tantos mecanismos efectivos para conseguir el poder que se han mantenido desde el siglo pasado, y que, de manera espectacular, han devenido en otros más modernos. Twitteros a sueldo, bots que publican toneladas de laureles al candidato que renta el servicio, encuestas a modo que circulan por internet, entre otras formas. Es dar por válido un sistema viciado de pies a cabeza, corrompido y deslegitimado por tragedias históricas.

Por supuesto mi participación no está destinada a repartir respuestas. Quien llegó a querer escuchar a un joven decir las máximas que buscan solucionar el mundo estaba, claro está, equivocado. Y es que mi posición política actual podría representarse como una enorme bandera multicolor con un gran signo de interrogación en el medio. La gran duda. Sin embargo, aun dentro de esta gran duda hay ciertas certezas. Primero, por amor a la vida, los grupos del poder no pueden seguir gobernando, y segundo, que la acción política va más allá del voto. Sea.

El escéptico. La duda como bandera. No confío en los políticos. No confío en la política nacional, al menos en aquella que se mira por televisión. Tampoco confío en las instituciones "democráticas". La misma palabra "democracia" arroja vientos fríos que me hacen temblar. No he sentido ninguna cercanía con los partidos políticos. Siempre fueron ajenos a mi vida, y más bien los miraba con cierto recelo, pues mi opinión hacia ellos era alimentada por un fuerte resentimiento de una parte de la sociedad. "Solo chingan a la gente", escuchaba decir una y otra vez. Conforme pasó el tiempo, esta percepción se fue reforzando. Antes no me sentía identificado con la política, las palabras que usaban se me hacían de otro mundo, que no tenían correspondencia con la realidad. Comencé a darme cuenta de la manera en que se desenvolvían en el barrio, la condición mafiosa de grupos como “Antorcha Campesina”, y comencé a darme cuenta también de la poca coherencia con que se manejaban, y la contradicción de lo que uno veía en la tele y lo que uno vivía.

            Nuevas palabras se fueron acumulando en mi vocabulario. Acarreados, despensas, achichincles, robar, transar, chingar... Ahora ya los veía con un profundo desprecio. Se me hacáa deplorable la sola idea de pertenecer a un partido político. Incluso me los imaginaba como entes grises, que poco o nada tenían que ver con vivir, que no eran mi espacio como chavo, que era para señores, para ancianos, que era algo anticuado, estático, que desgastaba mi juventud­: Estudiante. Universitario. Clasemediero. Varón. Algunas de las clasificaciones o categorías con las que se me podría definir, y ninguna es respondida por la política nacional. No me siento representado por los políticos, ni siento que la política me aporte cosa alguna. Mucho menos con una de las categorías más problemáticas y más debatidas en la actualidad. Como joven me siento a años luz de la política. Las políticas sociales que se hacen en nombre de la juventud no tienen siquiera idea de que ya no podemos hablar de "juventud", sino de "juventudes", un extenso abanico de identidades e inclinaciones. Tampoco me conmueven las propuestas de los partidos en "matera de juventud". Ja. No encuentro respuestas en ellos, no encuentro alternativas, ni siquiera sé si encontraré trabajo cuando termine mi carrera. ¿Irónico, no? Y mi sociedad sigue pensando en el poder sacrosanto del "papel" que me certifique como "licenciado", y los partidos me ofrecen el puesto de lambiscón, para que forje mi carrera y encuentre el trabajo que me dé el sustento reptando y arrastrándome entre la fauna burocrática. La manera en que las instituciones se conducen ya no responden a las necesidades e intereses que la juventud va teniendo. La escuela, la familia, la iglesia, la política, van perdiendo terreno en el interés de los jóvenes.

            Y más. Al ver a la gente en las condiciones en que vivía, y al compararlo con lo que los partidos y su gente hacían y decían, se me venía un enorme coraje y una enorme frustración por no poder hacer algo. Y es que con los políticos pasó un fenómeno importantísimo. Se convirtieron en clase política. Cuando hablo de clase política entendemos un sector social diferenciado de los demás, con funciones propias, y agregamos que, en especial esta clase, puede auto perpetuarse, reproducirse a sí misma, incluso ya sin necesidad del pueblo. Muchos dirían que sí toman en cuenta al pueblo, de otro modo el pueblo no los dejaría hacer lo que les venga en gana. La realidad es por supuesto otra. Hacen lo que les venga en gana, pues el pueblo se ha convertido en un instrumento más de entre tantos que tienen para auto perpetuarse, basándose en la idea de que el pueblo jamás hará algo para defenderse. Entonces no dejaba de pensar en los partidos políticos como un lastre que estábamos cargando, y que no teníamos ninguna necesidad de que tuviera que ser así. Y aun no conocía de ellos ni la cuarta parte de lo que son. 

            Y de pronto aparece en escena un personaje como López Obrador. Alguien que no solamente se perfila como un candidato más, sino que se ha vuelto ya, para muchos sectores de la población, incluyendo jóvenes, como un Mesías, el gran salvador y redentor de una patria que muere adolorida. Cuánta gente se ha movilizado en su nombre, organizaciones en su apoyo se crean a lo largo del país y se extienden rápidamente por medio de las redes sociales. Sus propuestas son las mejores, no tiene indicios de corrupción y conoce al derecho y al revés las redes de corrupción que se crearon en la clase política. Es el mejor candidato que hemos tenido, la verdadera solución y el cambio real que necesitábamos, con el estaremos mejor. Entonces, ¿porque tu terquedad de cuestionarlo, chamaco?

             Mi posición de escepticismo podría parecer quizá, en este contexto, como el capricho de un joven que quiere transformar el mundo, el acelere de un chavo soñador que no mide su ímpetu,  de un sociólogo criticón de  clase media que juega al rebelde. Pero eso también me tiene sin cuidado. Casi por principio, considero al acto de dudar como básico, un acto intelectual imprescindible, sobre todo en situaciones sociales tan delicadas como la actual. Lo que si me preocupa es la ceguera con que mucha gente se suelen conducir a la hora de hacer política. Es fácil pensar que "él", el candidato, es el cambio, el líder que ha venido a sacarnos de la miseria, y que nuestra acción política tal vez sí vaya más allá de "el", pero es hasta donde el sistema político diga. Desde sus campañas, desde sus mítines, desde sus pancartas, desde sus discursos, desde sus tribunas. Allá. Por eso se me hace estéril incluso discutir sobre "los políticos". Hablar de ellos, de los candidatos, discutir de lo que dijeron o hicieron. Es quedarnos en la facha y cometer el terrible error de pensar que sus actos responden a ellos mismos. Por supuesto, tampoco quiere decir que carezcan de importancia, porque entonces ¿quién sería responsable, por ejemplo, de lo sucedido en San Salvador Atenco? ¿Quién tendría que responder por ello? ¿El capitalismo? La importancia que ellos tienen es como un elemento más dentro del sistema, como partes integrantes de un proceso histórico. Por tanto, no preocupan solo ellos y la gente que traen detrás, o las complicidades y formas de corrupción con que se manejan. Importa también a qué sistemas políticos y económicos responden, bajo qué valores se conducen y a qué supuestos ideológicos representan. Lo que importa es entenderlos en su totalidad.

Más allá. Hacer política, como mencioné arriba, es ir más allá del voto. Puede devenir, incluso, en marginarse de lo institucional, que tampoco es como una simple manifestación de rebeldía, sino como una necesidad. Por eso es pertinente buscar nuevas formas de hacer política, de tomar decisiones, de hacer algo, pero, ¿por qué no hacerlo nosotros, los llamados estudiantes? Buscar organizaciones horizontales, tratando de organizarnos sin lideres, practicando ahora si, en tierra lo que han venido a llamar democracia. Tomar el control de nuestros espacios, de nuestras aulas y escuelas, tomar lo que nos pertenece y decidir "nosotros" que haremos con él. Tomar el control de lo que vamos a aprender, de cómo queremos que nos enseñen, devolverle el poder político y transformador a lo lúdico, que estar juntos pueda volverse elemento transformador frente a la frialdad de un sociedad que ve en la individualización una tierra prometida. Volver a salir.

Y sobre todo, esparcir la información. Llevar a la gente aquello que conocemos, aquello que nos inquietó y que nos mueve. Ir más allá de las aulas, traducir el lenguaje de academia a la vida real, a lo cotidiano, ofrecer respuestas.

            La organización estudiantil es urgente. Como estudiantes y como sociedad estamos perdiendo terrenos. Los semestres se acortan, los contenidos son cada vez más dudosos, la escuela está dejando de pertenecernos, si no, ¿por qué no querían otorgar el espacio de la cafetería bajo la coordinación de los estudiantes? ¿No es eso, en parte, al menos una pequeña conquista? Por supuesto, tampoco debemos considerar las cosas en blanco y negro. Ni solo el PRI es el ultimo circulo de los infierno, ni el PRD o el PT son la santidad. Así mismo, pensar que el movimiento estudiantil (signifique lo que eso signifique) es la real "oposición" al poder es pecar de ingenuidad. Ya no estamos para ver la vida en binarios, ni para odiar al contrario, ni para caer en sectarismos ni fundamentalismos. Ya no sabemos dónde comienza el blanco y donde termina el negro, el otro, "el malo". Habrá que cuestionarlo en su totalidad, ser agudos y críticos en todo aquello que se nos presente, habrá que cuestionar por donde se andará, que se dirá, que se pensará, cómo se actuará; pero bueno, tal vez estas consideraciones sean el capricho de un joven que quiere transformar el mundo, el acelere de un chavo soñador que no mide su ímpetu, de un sociólogo criticón de  clase media que juega al rebelde, pero, como les dije, eso es algo que me tiene sin cuidado.

 
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