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¿Votar o no votar?
Edén Vásquez Feria
(Sociólogo. Estudiante de posgrado en el Instituto de Investigaciones
Histórico-Sociales, UV)
Las
elecciones federales en puerta enfrentan una crítica dirigida a la efectividad
de la participación electoral desde dos frentes: el abstencionismo y en menor
medida del “anulismo”; enfocada en la puesta en duda de la efectividad del voto
como medio de participación que a través de la elección política pueda tener
incidencia en las condiciones de vida inmediata. Ambos frentes plantean
opciones diferentes.
El “anulismo” propone la apertura ciudadana del sistema
político mediante las candidaturas ciudadanas. El abstencionismo es más
complejo, de entrada porque no existe un proyecto claramente definido, antes
bien se presenta como una respuesta de rechazo total a la política partidista.
Aunque existen quienes se abstienen de emitir el voto, pero hacen política
desde los movimientos sociales.
Pero nos preguntamos: ¿Por qué surgen estos frentes? Basta
con explicarlos como expresiones del malestar con la política o bien hay que
considerarlos como los sepultureros del
modelo político vigente. Por mi parte, argumento que es parte de un proceso de
reconfiguración en convivencia con el escaso desarrollo de formas diferentes de
hacer política fuera de los partidos que expresan el malestar cultural de la
política partidista.
Aunque puede parecer ajeno al planteamiento señalado, trataré de desarrollarlo
a fin de mostrar que el cuestionamiento de la efectividad del voto se refiere a
la ausencia de proyectos hegemónicos que lo impulsen.
Inicialmente, considero que existe una reconfiguración del
modelo sociopolítico presente en México. Por tanto, la puesta en duda del voto
debe expresarse como el cuestionamiento a una forma particular de participación
política y la incapacidad aún de consolidar una forma alterna.
La reconfiguración
del voto corporativo. En México nos encontramos ante
la reconfiguración del modelo sociopolítico emanado de la posrevolución de
1910-17 y de una forma de participación política que lo conforma: el voto
corporativo. Dicha reconfiguración convive con el escaso desarrollo de los
requisitos para consolidar la figura del ciudadano y en menor proporción con
otras formas de participación política como la Asamblea.
Históricamente, el voto corporativo se ha consolidado desde
la posrevolución mexicana y fue base del pacto posrevolucionario que propició
la estabilidad político económica del lapso de 1950 a 1970. El régimen del
partido hegemónico fue posible al funcionamiento del pacto: el apoyo electoral
al PRI implicaba mejorías en las condiciones socio- laborales. El intercambio
corporativo configuró estructuras de sentido
del voto, es decir, los votantes ejercían el voto hacia determinado partido
porque existe un sedimento de significado para hacerlo, que se hacía evidente
en las mejoras salariales, en el acceso a la servicios médicos, en prestaciones
laborales, etc., y en suma, conformaban los significados palpables de Justicia
social, la seguridad social, dando cuerpo al Nacionalismo Revolucionario, que
fue la ideología oficial del PRI en ese periodo.
Actualmente, la relación corporativa se encuentra en un
proceso de reconfiguración ante la reestructuración económica y el
reordenamiento de la política. La contención salarial y la austeridad en el
gasto social diluyen el intercambio corporativo al mantener los aumentos
salariales bajos en pos de la estabilidad inflacionaria y restringir la
inversión del gasto social para reducir
el déficit fiscal.
Por su parte, el reordenamiento político -relacionado con
la reestructura económica- plantea el fin del pacto corporativo como requisito
para extender ciertos de niveles mínimos a la sociedad en general. Estos
niveles mínimos son planteados como derechos sociales básicos, por tanto, es
menester que dejen de estar anclados en las relaciones laborales y pasen a
formar parte de los derechos ciudadanos. El derecho al acceso a la atención
médica, a la vivienda, a la pensión de vejez, quedarían liberados del marco
laboral y pasarían al marco de la ciudadanía. Este paso resta al corporativismo
de los beneficios a cambio de votos.
No obstante, lejos de estar agotada, la relación
corporativa ha logrado mantenerse. En primera instancia porque la relación
corporativa constituyó estructuras culturales que dan sentido al voto. El votar
por determinado partido a cambio de ciertos derechos, prestaciones, etc.,
conformó estructuras de significados de lo útil del voto, de la validez y
legitimidad de la relación corporativa. Estas estructuras de significado dotan
de sentido al actuar de los sujetos,
y sobre todo al momento de votar, vuelven legítimo el ejercicio del voto
corporativo en referencia a los beneficios inmediatos, concretados en mejoras
salariales, prestaciones y accesos a servicios.
Aunque
la base material de las estructuras atraviesan por un proceso de transformación
que limita la dotación de sentido, no se agota la estructura, antes bien, las
condiciones de marginalidad impérante y dada la condición de mínimo básico, los derechos sociales
elementales resultan insuficientes, por lo que hacen posible la reconfiguración
del corporativismo. Más aún si se carece de ciertos derechos o los que se
tienen se han minado.
El escaso desarrollo
del voto ciudadano. Existe, entonces, un desfase entre
el desarrollo de la esfera económica, la política y la cultural. Este desfase,
hace posible que la participación política en México aún mantenga sedimento en
la relación corporativa, toda vez que el entorno jurídico de acceso a derechos
sociales sigue imbricado en las relaciones laborales antes que en el estatus de
ciudadano
y porque la relación corporativa es el referente primordial de sentido para el
voto.
El acceso y calidad de la atención médica, seguridad social
y derechos como la pensión de vejez se encuentran mediados por el status de
trabajador, el acceso y posición en el mercado de trabajo. Por ejemplo, el
Seguro Popular busca dotar de atención médica al grueso de la población que por
sus condiciones socioeconómicas y laborales no puede acceder al IMSS o ISSSTE,
pero desde su planteamiento básico es un programa asistencial antes que
promotor de derechos, quedando limitada la exigencia de estándares de calidad.
Paradójicamente,
el desempleo y la precarización del mundo laboral, antes que la emergencia de
un nuevo pacto entre Estado y Sindicatos, hace posible aún la práctica de la
relación corporativa y su reconfiguración.
La figura del ciudadano como portador de derechos
universales y como constructor de nuevos derechos tiene escaso desarrollo en
México, ya que aún no se perfila al ciudadano “ideal” en términos de derechos y
obligaciones. Si bien las reformas estructurales y el giro político han
desmontado parte de la estructuras del corporativismo, la noción de ciudadanía
no figura como brújula de la neo (o re) estructuración de derechos y obligaciones sociales. Aún más, si
consideramos que gran parte de estos permanecen anclados en las relaciones
laborales, como el derecho a la vivienda, a la atención médica, etc; el
panorama se complica al reconocer la profunda desigualdad existente en México.
La noción de ciudadanía todavía no se constituye como
bandera de lucha de los movimientos sociales, en mayor medida presentan
demandas en relación a derechos específicos, como el acceso a la atención
médica, repartición y protección de tierras, mejoras salariales, etc., pero
hasta ahora no han articulado estas demandas en un macro-proyecto en el que la
ciudadanía sea el punto de convergencia. Por ello, el voto ciudadano, ejecutado
en referencia a la ciudadanía, antes que a la pertenencia a un grupo, enfrenta
un desarrollo embrionario.
Malestar cultural de
la política partidista. Desde mi planteamiento, la
crítica proveniente de los “analistas” y abstencionistas se dirige a la forma
de participación corporativa, como expresión de un malestar cultural respecto a
la política. Como opción reformista
los “analistas” buscan mayor apertura a la participación ciudadana y la
disolución del monopolio de los partidos políticos de la representación
política. Se ubican dentro del rango del impulso del voto ciudadano, aunque
proponen escasamente reformas legales dirigidas al desmantelamiento del voto
corporativo.
Mientras que los abstencionistas se pueden dividir en dos
grandes grupos. Uno de ellos, muestra mayor presencia en la arena política por
fuera de los partidos políticos, a través de movimientos sociales,
organizaciones culturales, asociaciones civiles, impulsores de derechos, etc.
El segundo grupo tiene por característica el repliegue al ámbito lúdico, sin
mayor participación política que la expresión del rechazo a los partidos
políticos. El abstencionismo actual se diferencia del manifestado décadas
anteriores, cuando tenía detrás un proyecto político de reforma impulsado
principalmente por la izquierda mexicana y protagonizado por mayor número de
personas de clase popular. Hoy, el abstencionismo es primordialmente impulsado
por la clase media urbana.
“Anulistas” y abstencionistas coinciden en que actualmente
la clase política se encuentra
distanciada de las necesidades ciudadanas. No obstante, divergen en la
solución. Mientras que el grueso de los “anulistas” apuesta por la
participación política ciudadana, los abstencionistas se dividen entre la
movilización social y la defensa de lo lúdico como espacio autónomo de lo
político.
Para nosotros ambos son resultado del malestar cultural
respecto de la política, debido a que los significados culturales que dan
sentido a la práctica política como el voto, se tornan vacíos resultando en un
“sin sentido”. La expresión “para qué votar si todos los políticos son
iguales”, refleja la ausencia de una propuesta al malestar con la política en
parte porque las estructuras de significado constituidas resultan insuficientes
y son objeto de la crítica (corporativismo) y porque las estructuras de significados
escasamente delineados como la ciudadanía aún no se presentan como propuesta
clara, por lo que la conformación subjetiva del sentido del voto no tiene por
base un convencimiento. En términos generales, nos encontramos en medio de un
proceso de reconfiguración de las estructuras que dotaban de sentido al voto,
específicamente del corporativismo y del escaso desarrollo de estructuras
alternas como la noción de ciudadanía.
Como toda acción, el voto y la participación política en
general pasa por la subjetividad. A través de esta, el sujeto da sentido a la
acción en referencia a ciertos significados que conforman estructuras
culturales, vivencias, especificidades personales o significados constituidos
desde ámbitos más inmediatos como la familia, el trabajo, el ocio, etc. Si la
acción de votar carece de sentido para el sujeto, refiere que el significante
del significado no sólo se encuentra en duda, sino que no ha encontrado
sustituto que impulse y dote de sentido a la acción.
El sujeto configura el sentido de su voto en torno a ambos
procesos incorporando ciertas especificidades, como proyectos personales.
Cuando el sujeto evalúa ambos procesos como insuficientes para dotar de sentido
al voto, se ponen en juego otras estructuras de significado, que dotan de
sentido el “no votar”. Estas estructuras aunque pueden ser compartidas, no
resultan aún en grandes proyectos porque no están articuladas a otros ámbitos
como la vida cotidiana o el trabajo. Anteponen a estas como opción de refugio,
más no las presentan como eje de acciones en torno a lo político.
Dicho de otra forma, hasta ahora, sólo el voto corporativo
y potencialmente, el embrionario voto ciudadano, se presentan como
articuladores de por lo menos dos ámbitos de la vida de los sujetos: el trabajo
y la cotidianidad. Mientras que el abstencionismo postula a uno de ambos
ámbitos como franja de repliegue del sujeto ante la ineficiencia del voto y de
la política partidista. No obstante, dicha incapacidad de articulación expresa
una salida momentánea, derivada del malestar cultural de la política al no poder.
Lo que llamamos malestar cultural de la política partidista
se refiere al cuestionamiento de esta como: a) medio de afección efectivo ya
sea para cambiar o para continuar determinada situación; b) forma primordial de
participación política a través del voto; y c) como punto de intercesión de las
demandas sociales e individuales. Es primordialmente un problema cultural
porque los grandes referentes, como el corporativismo -como estructura de
sentido de la acción-, no pueden ofrecer respuesta a los cuestionamientos, toda
vez que se encuentra en proceso de reconfiguración por los efectos de la
reestructuración económica y el giro político. En similar situación se
encuentra la referencia a la ciudadanía, aún embrionaria, que no se ha
constituido como alternativa de sentido a la acción de los sujetos. Ello no
implica el cese de las acciones, sino ausencia de referentes consolidados como
convencimiento subjetivo.
La acción ejecutándose lleva consigo un convencimiento
subjetivo del sentido de su realización. Cabe señalar que convencimiento no
implica ausencia de dudas, sino resolución de las mismas mediante la afirmación
de la validez de los referentes de la acción. Por mencionar un ejemplo, la
pregunta sobre votar o no votar, no es necesariamente una prueba de ausencia de
convencimiento sobre la efectividad del voto, en cambio, las formas en que se
responda pueden incluir el convencimiento de la efectividad o no del voto, dado
que las referencias empleadas para su resolución pueden apuntar o no a la
validez del votar, del abstenerse o de anular.
Conclusión. El malestar cultural de la política partidista se refiere a la ausencia
de convencimiento subjetivo en torno a grandes significados de la política
partidista. En México, el corporativismo había fungido como referencia de
sentido al voto, dando lugar al voto corporativo: mejoras perceptibles en el
ámbito de lo inmediato a cambio de apoyo electoral. La reestructuración
económica y el giro de la política, constriñen el ejercicio del voto
corporativo, aunque la permanencia de la desigualdad social y la escasa
creación de empleos apuntan hacia su reconfiguración. La noción de ciudadanía como piedra angular del voto ciudadano
muestra un mínimo desarrollo en el país, en parte por la limitante que impone
el corporativismo y porque no se ha constituido como zona de convergencia de
las demandas de derechos y otorgamiento de obligaciones. No obstante, ambas muestran incapacidad de ser un referente de
sentido hegemónico, capaz de orientar un proyecto partidista.
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Bibliografía
Bensusán, G. (2010). Ciudadanía, Estado de derecho y
reforma laboral en México: repensando el modelo de protección social para el
siglo XXI. En A. Arteaga, Trabajo y ciudadanía. Una reflexión necesaria para
la sociedad del siglo XXI. México: UAM/Porrua.
Lechner, N. (1997). El malestar con la política y la
reconstrucción de los mapas políticos. En R. Wincour, Culturas políticas a fin de siglo México: Juan Pablos /FLACSO
Schutz, A. (1974). Estudios sobre teoría social.
Buenos Aires: Amorrortu.
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