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Discurso de la urgente unidad mexicana
…Resolveos a no servir más, y seréis libres.”
Étienne de la Boétie
Julio Alejandro Gómez Ortega
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El problema fundamental es que no nos conocemos. Por ende nos tenemos miedo y por lo mismo nos despreciamos dando como resultado que estemos divididos, sintiendo recelo y hasta una especie de odio entre nosotros los mexicanos, de una misma ciudad de una misma colonia, de una misma calle.
La causa principal del desconocimiento de un “nosotros” como un grupo social diverso se debe principalmente a un problema cultural heredado: esta arrogancia estúpida y muy nuestra que nos hace desairar lo propio, pero que se transforma en mansedumbre cuando estamos frente a un poderoso o a un extranjero. Es ahí cuando estamos mordiéndonos los dientes y arañando el suelo con las uñas de los pies por el deseo ciego ser su igual. El complejo del “indio ladino” (manso con el patrón pero orgulloso y traidor con su paisano), es origen de ese machismo que nos caracteriza ante el resto del mundo y que padecemos todavía la mayoría, tanto a hombres como mujeres, por eso somos gandayas pero a la vez mediocres los unos como las otras. No obstante, hablar aquí de las causas de nuestra medianidad y “malinchismo” representa una digresión por ser un tema tan amplio aunque no por ello deja de ser importante para reconocer nuestra mentalidad nacional.
El asunto que urge tomar en cuenta aquí es que no nos
conocemos. Y eso se debe a nuestra tendencia heredada que ya mencioné, y
que nos lleva a descalificar con soberbia al otro sin escuchar sus
argumentos. Sobre todo cuando imaginamos que ese otro amenaza nuestra
estabilidad. Durante los primeros enunciados que emite un individuo y a
veces sin que llegue a la mitad de su discurso, ya estamos pensando cómo
defender nuestra postura y dejamos de escucharlo para diseñar una
posible respuesta con la cual llevarle la contraria. Este proceso, por
supuesto, obnubila nuestro entendimiento sobre lo que ese otro u otra
intenta manifestar (en este sentido, recomiendo al lector seguir de
largo y emitir su juicio hasta el final).
Sucede también que somos víctimas de nosotros
mismos cuando sobrevaloramos nuestro sentido común hasta el grado de
creer cuasi científicas nuestras suposiciones sobre algo o alguien… así,
al aire, sin información previa, sin la menor rebusca histórica,
biográfica o bibliográfica. Somos “huevones” para ello pero audaces para
negarlo o intentar disfrazarlo. De manera arrogante creemos (sin
pensar), que somos dueños de la razón verdadera y que es correcta
nuestra idea individual sobre cómo resolver una problemática que nos
atañe a todo un grupo. Nuestro corazón vehemente y el impulso inmediato
de nuestra sicología ingenua, nos impiden reconocer que la mirada que
tenemos de la realidad es tan sólo un pequeño ángulo, tan abierto como
lo permite la empatía, la humildad, la formación académica, las
lecturas, el pensamiento laico y el ánimo cooperativo, o tan cerrado
como el calabozo al que nos condena la envidia, la mezquindad
intelectual, la resignación y los “ismos”: fanatismo, egocentrismo,
etnocentrismo, machismo, feminismo…
¿Cómo pinta el escenario en México una vez
terminada la guerra sucia preelectoral y pasado este simulacro mal
logrado de democracia, al cual, los medios de comunicación, el gobierno
federal y los “vencedores” se enorgullecen en llamar “elecciones limpias
y democráticas”? Queda un campo de batalla de donde ellos se han
retirado al festejo y hemos quedado nosotr@s: una sociedad dividida y
clasificada por colores, un batallón inútil que regresa a los cuarteles
cotidianos después de haber sido usados, engañados, robados y
defraudados por esos que insisten en auto considerarse “paladines de la
democracia”.
Dentro de esta división, hay quienes se han
cruzado de hombros resignándose a esa tradición y han tomado su trabajo
habitual, alienante, fórmula paliativa ante cualquier dolor, una terapia
ocupacional que suele sanar los descalabros de la realidad lacerante y
ha pasado a ser un remedio para todo mal, por eso siempre nos dicen:
“deberían ponerse a trabajar y dejar de estar de escandalosos”.
Esos somos nosotros, los revoltosos, los
escandalosos, los que molestamos e interrumpimos el tránsito en las
calles, los que gritamos, ofendemos y satanizamos a los medios de
comunicación, a las instituciones y a todos aquellos que las defienden y
ensalzan tratando de imponer su imagen impoluta y divina.
Voy a atreverme a hablar en nombre de esos
“revoltosos”. Queremos que nos conozcan, que dejen de tenernos miedo y
de vernos como una amenaza, queremos que sepan que no somos el enemigo
(al menos no para ustedes, ciudadanos refinados), queremos que
comprendan aquellos que permanecen parcos, incrédulos y por lo mismo
sarcásticos y maldicientes hacia los movimientos sociales (esta vez sin
líderes), que la actitud que hemos tomado y que muchos rechazan, puede
parecer incivilizada, bruta, fanática y anticientífica, pero es
únicamente la consecuencia de vivir a diario bajo un gobierno sordo,
indolente, asesino, con gobernantes que utilizan los recursos para sus
fines grupales y se enriquecen a manos llenas, mientras en las calles
existe gente hurgando en la basura y otros muchos que sufren
explotación, falta de servicios de salud y una deficiente educación.
Somos molestos y escandalosos, sí, y con estas y
otras descalificaciones es que suelen ensombrecer nuestras intenciones
los medios de comunicación y quienes sienten el verdadero temor de que
ustedes se contagien de lo mismo. No obstante, no nos importan los
adjetivos más mordaces, no nos importa la imagen que construya la
televisión acerca de nosotros, porque sabemos que lo que buscamos es un
bienestar común, tuyo, mío, nuestro y de nuestros hijos. Si tomamos las
calles es por dolor, en las marchas está nuestro corazón, nuestras
lágrimas, nuestra condición de bestia que le teme al domador, al bozal,
al látigo y a las cadenas. Tenemos temor de perder nuestra libertad, de
que continúe esta mala tradición ya aceptada e interiorizada que
consiste en aceptar que “el gobierno siempre hace lo que quiere”: nos
callan con pistolas, con sicarios que literalmente nos arrancan los
miembros, nos embolsan y abandonan en cualquier lugar, porque cualquier
lugar está comenzando a ser más de ellos y menos de nosotros. Llámenos,
necios, soñadores locos, pero dentro de nuestras preocupaciones están
incluidos ustedes y sus familias, no nos mueve el egoísmo sino el amor
por nuestra sociedad, por nuestros espacios públicos y por la paz que
nos han venido a robar los últimos gobiernos.
Ese salvajismo y esos gritos que damos por las
calles, son gritos de dolor, de deseo de vivir con dignidad, gritos que
tienen la intención de despertarlos a todos para recordarles que tener
el poder significa “poder hacer”, más que el “poder sobre algo o
alguien”. Ese “poder hacer” nos pertenece a nosotros, al pueblo unido, a
la mayoría que al parecer están logrando dividir nuestros adversarios,
los que temen ser despojados de su vida de privilegios y abundancia.
El poder de un solo hombre o de un grupo de
hombres sobre todo un pueblo no existe, es una mentira que nos han hecho
creer los “poderosos” desde hace mucho tiempo por medio de sus escuelas
y sus maestros, por medio de sus iglesias, de sus científicos, sus
jueces y de sus medios de comunicación. Sin embargo, nosotros gritamos y
queremos llamar su atención para recordarles que, dentro de ese nuestro
“poder hacer”, se encuentra nuestra posibilidad de decidir a quién
delegamos la administración del Estado, lo cual corresponde a una simple
división del trabajo en la sociedad. Existen campesin@s, obrer@s
fabriles, emplead@s, maestr@s, intelectuales, policías… Cada uno y cada
una haciendo su trabajo por un bien común. En este sentido ¿por qué el
hecho de ser presidente, diputado o secretario de estado tendría que ser
algo distinto en esta división del trabajo? ¿Por qué pensar que el
grupo en el gobierno tiene “poder sobre” nosotros cuando están ahí
porque nosotros así lo decidimos? ¿Por qué nos olvidamos que esto es
así, que sólo el pueblo es quien puede quitar, poner o conservar en la
administración a los gobernantes?
Estamos al borde de que regrese un pasado que
pervive en la ideología elitista y anacrónica de un partido (“vivir
fuera del presupuesto es un error”, “el que no tranza no avanza”, “un
político pobre es un pobre político”… ), un pasado de represión, de
guerra sucia, de manejo irresponsable de las arcas estatales (robo,
pues), y ahora el peligro aumenta con la posibilidad de tener un
gobernante vacío de humanismo, un hombre de escaso intelecto, asociado
con personajes oscuros, al servicio de un grupo pequeño de capitalistas
ambiciosos más que de un pueblo que sufre las consecuencias de esa
ideología emanada de la vieja “nueva familia revolucionaria”: PRI.
Queremos que nos conozcan, reconocerlos a
ustedes, su voz, su presencia su hartazgo. Queremos que sepan que no por
escandalosos somos incivilizados o iletrados y mucho menos seguimos a
un líder. Queremos que se nos unan en este grito, que recuerden que en
los lugares en donde se han dado importantes cambios y se ha impuesto la
voluntad del pueblo, las luchas no han sido silenciosas y no ha sido un
grupo pequeño quienes los han logrado. Que sepan todos que las acciones
de resistencia que impiden el establecimiento o la continuidad de un
sistema opresor e injusto, inevitablemente tienen que ser actos
escandalosos que pueden resultar molestos para los demás ciudadanos
(una disculpa por ello), pero quienes permanecemos en la lucha creemos
pertinente este sacrificio, pues necesitamos llamar la atención de toda
la sociedad para provocar que se incomode la bestia que se esconde
plácidamente en los palacios de gobierno, en las dependencias, al cobijo
de su aparato represor, sus asesinos a sueldo que acechan en nuestras
calles y sus medios de comunicación que desvían la atención y
distorsionan la realidad.
Conozcámonos, derribemos por medio del diálogo y
las acciones conjuntas estos muros de colores que no separan. Luchemos
por impedir esta dictadura que se avecina sabiendo que no existe la
promesa de ningún final feliz, que el mundo perfecto y el “super
hombre” se encuentran aún muy distantes. Derribemos en nosotros la idea
de un héroe hollywoodense que venga a salvarnos de la tiranía, de la
injusticia y la impunidad, aniquilemos la esperanza falsa de un
“profeta” que venga a mostrarnos el camino a seguir. Necesitamos ser
valientes y convencernos de que no existe más camino que el que habremos
de construir unidos, que el final no llega nunca, que debemos
introducir en nuestra cultura este ánimo crítico y de lucha que hará que
nuestros hijos y sus descendencias logren vivir en un mundo más justo y
menos regido por la ambición de poder y el dinero.
No necesitamos al Estado. Esa es una verdad. Pero
mientras nos damos cuenta de ello fomentemos entre nosotros y nuestros
hijos la autorregulación, la observancia del derecho ajeno. Por eso es
necesario escucharnos, echar abajo los prejuicios y reconocer la voz y
el sentir de las otras y los otros, establecer un intercambio de de
ideas que nos lleven a los acuerdos y a la unidad. Dejemos de vernos
como extraños en una misma tierra porque sin ti, sin ustedes, sin un
“nosotros”, no podremos lograrlo nunca. Sin la unidad ciudadana estamos
condenados a vivir por siempre en esta partidocracia que nos tiene
separados por colores, y que nos hace una sociedad agonizante, una
sociedad con ciudadanos que insisten en dividirse en grupos,
convirtiéndose en la causa del mismo mal contra el que todos estamos en
desacuerdo. Démonos la oportunidad de llamarnos mexicanos por primera
vez, si nos unimos en contra de esta clase política que yace por sus
propios errores ¿qué fuerza nos podría detener? ¿Para quién gobernarían
sin un pueblo? Gritemos o callemos, pero hagámoslo juntos.
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