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Discurso de la urgente unidad mexicana PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Julio Alejandro Gómez Ortega   
Thursday, 12 de July de 2012

Discurso de la urgente unidad mexicana

 …Resolveos a no servir más, y seréis libres.”
Étienne de la Boétie

Julio Alejandro Gómez Ortega
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El problema fundamental es que no nos conocemos. Por ende nos tenemos miedo y por lo mismo nos despreciamos dando como resultado que estemos divididos, sintiendo recelo y hasta una especie de odio entre nosotros los mexicanos, de una misma ciudad de una misma colonia, de una misma calle.

La causa principal del desconocimiento de un “nosotros” como un grupo social diverso se debe principalmente a un problema cultural heredado: esta arrogancia estúpida y muy nuestra que nos hace desairar lo propio, pero que se transforma en mansedumbre cuando estamos frente a un poderoso o a un extranjero. Es ahí cuando estamos mordiéndonos los dientes y arañando el suelo con las uñas de los pies por el deseo ciego ser su igual. El complejo del “indio ladino” (manso con el patrón pero orgulloso y traidor con su paisano), es origen de ese machismo que nos caracteriza ante el resto del mundo y que padecemos todavía la mayoría, tanto a hombres como mujeres, por eso somos gandayas pero a la vez mediocres los unos como las otras. No obstante, hablar aquí de las causas de nuestra medianidad y “malinchismo” representa una digresión por ser un tema tan amplio aunque no por ello deja de ser importante para reconocer nuestra mentalidad nacional. 

El asunto que urge tomar en cuenta aquí es que no nos conocemos. Y eso se debe a nuestra tendencia heredada que ya mencioné, y que nos lleva a descalificar con soberbia al otro sin escuchar sus argumentos. Sobre todo cuando imaginamos que ese otro amenaza nuestra estabilidad. Durante los primeros enunciados que emite un individuo y a veces sin que llegue a la mitad de su discurso, ya estamos pensando cómo defender nuestra postura y dejamos de escucharlo para diseñar una posible respuesta con la cual llevarle la contraria. Este proceso, por supuesto, obnubila nuestro entendimiento sobre lo que ese otro u otra intenta manifestar (en este sentido, recomiendo al lector seguir de largo y emitir su juicio hasta el final).

Sucede también que somos víctimas de nosotros mismos cuando sobrevaloramos nuestro sentido común hasta el grado de creer cuasi científicas nuestras suposiciones sobre algo o alguien… así, al aire, sin información previa, sin la menor rebusca histórica, biográfica o bibliográfica. Somos “huevones” para ello pero audaces para negarlo o intentar disfrazarlo. De manera  arrogante creemos (sin pensar), que somos dueños de la razón verdadera y que es correcta nuestra idea individual sobre cómo resolver una problemática que nos atañe a todo un grupo. Nuestro corazón vehemente y el impulso inmediato de nuestra sicología ingenua, nos impiden reconocer que la mirada que tenemos de la realidad es tan sólo un pequeño ángulo, tan abierto como lo permite la empatía, la humildad, la formación académica, las lecturas, el pensamiento laico y el ánimo cooperativo, o tan cerrado como el calabozo al que nos condena la envidia, la mezquindad intelectual, la resignación y los “ismos”: fanatismo, egocentrismo, etnocentrismo, machismo, feminismo…

¿Cómo pinta el escenario en México una vez terminada la guerra sucia preelectoral y pasado este simulacro mal logrado de democracia, al cual, los medios de comunicación, el gobierno federal y los “vencedores” se enorgullecen en llamar “elecciones limpias y democráticas”? Queda un campo de batalla de donde ellos se han retirado al festejo y hemos quedado nosotr@s: una sociedad dividida y clasificada por colores, un batallón inútil que regresa a los cuarteles cotidianos después de haber sido usados, engañados, robados y defraudados por esos que insisten en auto considerarse “paladines de la democracia”.

Dentro de esta división, hay quienes se han cruzado de hombros resignándose a esa tradición y han tomado su trabajo habitual, alienante, fórmula paliativa ante cualquier dolor, una terapia ocupacional que suele sanar los descalabros de la realidad lacerante y ha pasado a ser un remedio para todo mal, por eso siempre nos dicen: “deberían ponerse a trabajar y dejar de estar de escandalosos”.

Esos somos nosotros, los revoltosos, los escandalosos, los que molestamos e interrumpimos el tránsito en las calles, los que gritamos, ofendemos y satanizamos a los medios de comunicación, a las instituciones y a todos aquellos que las defienden y ensalzan tratando de imponer su imagen impoluta y divina.    

Voy a atreverme a hablar en nombre de esos “revoltosos”. Queremos que nos conozcan, que dejen de tenernos miedo y de vernos como una amenaza, queremos que sepan que no somos el enemigo (al menos no para ustedes, ciudadanos refinados), queremos que comprendan aquellos que permanecen parcos, incrédulos y por lo mismo sarcásticos y maldicientes hacia los movimientos sociales (esta vez sin líderes), que la actitud que hemos tomado y que muchos rechazan, puede parecer incivilizada, bruta, fanática y anticientífica, pero es únicamente la consecuencia de vivir a diario bajo un gobierno sordo, indolente, asesino, con gobernantes que utilizan los recursos para sus fines grupales y se enriquecen a manos llenas, mientras en las calles existe gente hurgando en la basura y otros muchos que sufren explotación, falta de servicios de salud y una deficiente educación.

Somos molestos y escandalosos, sí, y con estas y otras descalificaciones es que suelen ensombrecer nuestras intenciones los medios de comunicación y quienes sienten el verdadero temor de que ustedes se contagien de lo mismo. No obstante, no nos importan los adjetivos más mordaces, no nos importa la imagen que construya la televisión acerca de nosotros, porque sabemos que lo que buscamos es un bienestar común, tuyo, mío, nuestro y de nuestros hijos. Si tomamos las calles es por dolor, en las marchas está nuestro corazón, nuestras lágrimas, nuestra condición de bestia que le teme al domador, al bozal, al látigo y a las cadenas. Tenemos temor de perder nuestra libertad, de que continúe esta mala tradición ya aceptada e interiorizada que consiste en aceptar que “el gobierno siempre hace lo que quiere”: nos callan con pistolas, con sicarios que literalmente nos arrancan los miembros, nos embolsan y abandonan en cualquier lugar, porque cualquier lugar está comenzando a ser más de ellos y menos de nosotros. Llámenos, necios, soñadores locos, pero dentro de nuestras preocupaciones están incluidos ustedes y sus familias, no nos mueve el egoísmo sino el amor por nuestra sociedad, por nuestros espacios públicos y por la paz que nos han venido a robar los últimos gobiernos.

Ese salvajismo y esos gritos que damos por las calles, son gritos de dolor, de deseo de vivir con dignidad, gritos que tienen la intención de despertarlos a todos para recordarles que tener el poder significa “poder hacer”, más que el “poder sobre algo o alguien”. Ese “poder hacer” nos pertenece a nosotros, al pueblo unido, a la mayoría que al parecer están logrando dividir nuestros adversarios, los que temen ser despojados de su vida de privilegios y abundancia.

El poder de un solo hombre o de un grupo de hombres sobre todo un pueblo no existe, es una mentira que nos han hecho creer los “poderosos” desde hace mucho tiempo por medio de sus escuelas y sus maestros, por medio de sus iglesias, de sus científicos, sus jueces y de sus medios de comunicación. Sin embargo, nosotros gritamos y queremos llamar su atención para recordarles que, dentro de ese nuestro “poder hacer”, se encuentra nuestra posibilidad de decidir a quién delegamos la administración del Estado, lo cual corresponde a una simple división del trabajo en la sociedad. Existen campesin@s, obrer@s fabriles, emplead@s, maestr@s, intelectuales, policías… Cada uno y cada una haciendo su trabajo por un bien común. En este sentido ¿por qué el hecho de ser presidente, diputado o secretario de estado tendría que ser algo distinto en esta división del trabajo? ¿Por qué pensar que el grupo en el gobierno tiene “poder sobre” nosotros cuando están ahí porque nosotros así lo decidimos? ¿Por qué nos olvidamos que esto es así, que sólo el pueblo es quien puede quitar, poner o conservar en la administración a los gobernantes?

Estamos al borde de que regrese un pasado que pervive en la ideología elitista y anacrónica de un partido (“vivir fuera del presupuesto es un error”, “el que no tranza no avanza”, “un político pobre es un pobre político”… ), un pasado de represión, de guerra sucia, de manejo irresponsable de las arcas estatales (robo, pues), y ahora el peligro aumenta con la posibilidad de tener un gobernante vacío de humanismo, un hombre de escaso intelecto, asociado con personajes oscuros, al servicio de un grupo pequeño de capitalistas ambiciosos más que de un pueblo que sufre las consecuencias de esa ideología emanada de la vieja “nueva familia revolucionaria”: PRI.

Queremos que nos conozcan, reconocerlos a ustedes, su voz, su presencia su hartazgo. Queremos que sepan que no por escandalosos somos incivilizados o iletrados y mucho menos seguimos a un líder. Queremos que se nos unan en este grito, que recuerden que en los lugares en donde se han dado importantes cambios y se ha impuesto la voluntad del pueblo, las luchas no han sido silenciosas y no ha sido un grupo pequeño quienes los han logrado. Que sepan todos que las acciones de resistencia que impiden el establecimiento o la continuidad de un sistema opresor e injusto, inevitablemente tienen que ser actos escandalosos que pueden resultar molestos  para los demás ciudadanos (una disculpa por ello), pero quienes permanecemos en la lucha creemos pertinente este sacrificio, pues necesitamos llamar la atención de toda la sociedad para provocar que se incomode la bestia que se esconde plácidamente en los palacios de gobierno, en las dependencias, al cobijo de su aparato represor, sus asesinos a sueldo que acechan en nuestras calles y sus medios de comunicación que desvían la atención y distorsionan la realidad.  

Conozcámonos, derribemos por medio del diálogo y las acciones conjuntas estos muros de colores que no separan. Luchemos por impedir esta dictadura que se avecina sabiendo que no existe la promesa de ningún final feliz,  que el mundo perfecto y el “super hombre” se encuentran aún muy distantes. Derribemos en nosotros la idea de un héroe hollywoodense que venga a salvarnos de la tiranía, de la injusticia y la impunidad, aniquilemos la esperanza falsa de un “profeta” que venga a mostrarnos el camino a seguir. Necesitamos ser valientes y convencernos de que no existe más camino que el que habremos de construir unidos, que el final no llega nunca, que debemos introducir en nuestra cultura este ánimo crítico y de lucha que hará que nuestros hijos y sus descendencias logren vivir en un mundo más justo y menos regido por la ambición de poder y el dinero.

No necesitamos al Estado. Esa es una verdad. Pero mientras nos damos cuenta de ello fomentemos entre nosotros y nuestros hijos la autorregulación, la observancia del derecho ajeno. Por eso es necesario escucharnos, echar abajo los prejuicios y reconocer la voz y el sentir de las otras y los otros, establecer un intercambio de de ideas que nos lleven a los acuerdos y a la unidad. Dejemos de vernos como extraños en una misma tierra porque sin ti, sin ustedes, sin un “nosotros”, no podremos lograrlo nunca. Sin la unidad ciudadana estamos condenados a vivir por siempre en esta partidocracia que nos tiene separados por colores, y que nos hace una sociedad agonizante, una sociedad con ciudadanos que insisten en dividirse en grupos, convirtiéndose en la causa del mismo mal contra el que todos estamos en desacuerdo. Démonos la oportunidad de llamarnos mexicanos por primera vez, si nos unimos en contra de esta clase política que yace por sus propios errores ¿qué fuerza nos podría detener? ¿Para quién gobernarían sin un pueblo? Gritemos o callemos, pero hagámoslo juntos.
 
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