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PRIORIDADES DE LA POLÍTICA PETROLERA
Ing. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano
Texto presentado en el Seminario de Legisladores del PRD
México, D. F., 7 de agosto del 2012
Resulta indispensable realizar cambios a la política petrolera que ha estado vigente en los últimos treinta años, para que contribuya, de ahora en adelante, de manera eficaz, al crecimiento de la economía y para prolongar la vida de las reservas de hidrocarburos lo más posible en el tiempo, tanto para hacer menos difícil la transición de la base energética de nuestro país, que deberá acelerarse lo más posible, como para que el aprovechamiento de estos recursos, mediante su transformación industrial, contribuya cada vez con mayor importancia y de manera más diversificada a nuestro desarrollo.
El petróleo y de modo más general los
hidrocarburos, constituyen para México recursos de carácter estratégico
para la conducción y el estímulo a su crecimiento económico y desarrollo
en lo general, como lo son también para otros países, y como son otros
recursos como el agua, para Canadá, y el cobre, para Chile.
Nuestra Constitución establece la exclusividad de
la Nación para llevar a cabo la explotación de los hidrocarburos que
constituyen la industria petrolera, esto es, la exploración, la
explotación, refinación, transporte, almacenamiento, la distribución y
las ventas de primera mano del petróleo y los productos que se obtengan
de su refinación.
Esta disposición ha sido fundamental para que la
industria del petróleo se haya constituido, por muchos años, en el eje
del crecimiento económico y la industrialización, y que haya
representado y siga representando una contribución de la mayor
importancia a las finanzas públicas del país.
En la actualidad México atraviesa por un periodo de
lento crecimiento económico, de alta desocupación y escasa generación
de empleos, que se prolonga ya por más de tres décadas, y para revertir
esta situación, que es demanda general de los mexicanos, debe alentarse
en estos años próximos la instrumentación de una política de crecimiento
de la economía, que se sostenga en el largo plazo, que tenga entre sus
elementos clave la reorientación de la política petrolera, que en las
administraciones de este largo periodo de estancamiento se ha convertido
en principal aportadora de recursos fiscales a partir de las
exportaciones de petróleo crudo, desentendiéndose de manera absoluta de
la transformación industrial del propio recurso en el país.
Recientemente, desde sectores conservadores, ha
vuelto a señalarse que para que el petróleo contribuya de mejor forma al
desarrollo del país es necesaria “la privatización” de Pemex, aunque no
se precisa que se quiere decir con ello.
Petróleos Mexicanos (Pemex) no es sino el organismo
al través del cual el Estado mexicano gestiona la industria petrolera,
aprovechando y en su caso transformando mediante procesos industriales
recursos naturales que el propio Estado le asigna. Privatizar los
activos de Pemex –pozos en producción, refinerías, ductos, equipos de
transporte, edificios de oficinas, etc.- sería un paso grave, pero
entregar a intereses ajenos a los del Estado los recursos naturales que
de manera exclusiva gestiona y transforma Pemex por mandato del Estado,
significaría lesionar la seguridad energética de la nación, perder la
seguridad de los ingresos que la industria petrolera aporta a las
finanzas públicas y dejar que un recurso estratégico se manejara en
función de intereses particulares y no de acuerdo al interés público y
nacional –condición a la que, por cierto, se debe regresar-.
La política petrolera a instrumentarse en el futuro
debe tener, entre otros objetivos, prolongar lo más posible la vida de
las reservas, satisfaciendo al mismo tiempo las demandas nacionales de
hidrocarburos; desarrollar las cadenas productivas de la industria
petrolera con el fin de agregar valor a los productos, generar empleos y
estimular los desarrollos regionales; y prever con anticipación las
medidas a tomar para llevar a cabo la transición energética con los
menores costos económicos y sociales posibles, alentando al mismo tiempo
la utilización de energías alternativas o no convencionales.
Las decisiones relativas a una política petrolera
con estos objetivos sólo pueden ser tomadas por el Estado, que debe dar
mandato a Petróleos Mexicanos sobre cómo desarrollar las actividades que
le tiene encomendadas. Por otro lado, para instrumentar esta política
será necesario llevar a cabo cambios tanto en la relación de Petróleos
Mexicanos con el Estado como en los mecanismos de gestión del organismo.
Debemos transformar a Petróleos Mexicanos en una
verdadera empresa del Estado con autonomía presupuestal y de gestión,
para lo cual es necesario reformar los artículos 25 y 28
constitucionales.
Se requiere asimismo transformar a la Comisión
Nacional de Hidrocarburos en un organismo independiente de la Secretaría
de Energía, para lograr un mejor control del recurso natural existente
en los yacimientos, de manera independiente de Pemex; para lograr mayor
eficiencia en el registro y administración de las reservas: auditar su
magnitud y supervisar las actividades de exploración y extracción, las
tecnologías y procedimientos utilizados para asegurar la sustentabilidad
de los yacimientos y evitar prácticas como la quema y venteo
extraordinarios de gas natural en la atmósfera.
En paralelo, deberá reformarse la Ley de Petróleos
Mexicanos para establecer con claridad el mandato del Estado respecto a
los lineamientos de operación del organismo (que a partir del mandato
debe operar con plena autonomía) en materia de reservas, extracción,
transformación de hidrocarburos –refinación, petroquímica y otras
producciones de la cadena petrolera-; la obtención con los menores
costos posibles de los productos y servicios que se vendan o se presten;
los marcos de su organización interna y de sus órganos de gobierno; las
responsabilidades en la planeación de sus actividades; los esquemas de
administración de sus ingresos, los pagos en su caso de derechos y
contribuciones, la coordinación con el sector público y su relación con
terceros.
Al Senado de la República, por su parte, debiera
corresponder, en el ámbito de la Estrategia Nacional de Energía, fijar
la política de reposición de reservas, así como las plataformas de
extracción y exportación de hidrocarburos, como parte central de la
seguridad energética del país y de la sustentabilidad de la explotación
de los hidrocarburos.
La concesión de autonomía presupuestal y de gestión
a Petróleos Mexicanos debe entenderse como la facultad y
responsabilidad del organismo para hacerse cargo del manejo de sus
ingresos, las inversiones para la expansión de sus actividades y el buen
mantenimiento de sus instalaciones, el pago de derechos, impuestos y
dividendos, en este caso, a la hacienda pública federal.
Petróleos Mexicanos debe funcionar como una entidad
integrada y contar con la necesaria flexibilidad para reorganizar en
caso dado su estructura corporativo- administrativa y cuidar que la
relación de precios internos provea la necesaria rentabilidad de cada
insumo producido, de manera que no se constituya, artificialmente, en
factor que desestimule o inhiba el desarrollo de otras ramas de la
industria del país.
Es urgente, en un primer esfuerzo, aumentar la
capacidad de refinación de Pemex en el orden de los 600 mil barriles
diarios, a fin de mejorar las condiciones
de seguridad energética del país y de disminuir la
importación de combustibles, que constituye una seria sangría a las
finanzas nacionales. El incremento de la demanda de gasolinas se ha dado
en relación directa con el retraso tecnológico de los sistemas de
transporte, por lo que es necesario vincular la planeación energética
con la de los transportes, a fin de que el aumento de la oferta de
combustibles se corresponda con la ampliación y modernización del
transporte masivo de personas y mercancías, que será lo único que
permita atenuar la demanda de gasolinas en el largo plazo.
Existe un alto déficit en el suministro de gas
natural en el país, por lo que Pemex debe acelerar la exploración e
incorporación de nuevas reservas de este energético. Por otra parte, el
país posee una de las más importantes reservas mundiales del llamado
shale gas, las que requieren ser debidamente evaluadas para incorporarse
como tales al patrimonio evaluado de la nación.
En los primeros años del periodo neoliberal se
abrieron a la inversión privada tanto la petroquímica como el transporte
y almacenamiento de gas natural. Las inversiones no fluyeron a estos
sectores, que se han mantenido estancados por más de veinte años, a
pesar de ser piezas fundamentales de la infraestructura y de la
producción que requiere el país para crecer.
En relación al gas natural, es preciso que
Petróleos Mexicanos, conjuntamente con las empresas concesionarias,
acuerden la ampliación de la red de gasoductos troncales y las redes de
distribución secundarias, para mejor aprovechar las oportunidades que se
están abriendo con los descubrimientos recientes de nuevas fuentes de
gas.
La posibilidad de disponer de gas a bajo precio,
como se presenta la actual situación mundial, debe ser aprovechada para
reactivar e impulsar el desarrollo de la industria petroquímica
nacional, que, como se ha señalado, pasa por una larga fase de
estancamiento. En este caso, se abren posibilidades muy amplias para
inversiones de todo tipo: privadas, tanto nacionales como extranjeras, y
de Pemex, por sí o en asociación con otros inversionistas.
Al estar desarrollando Pemex sus actividades a
partir de un Plan de negocios en un horizonte de cinco años, enmarcado
en la Estrategia que se visualiza quince años hacia adelante, y con el
fin de lograr los mayores efectos posibles en el desarrollo industrial
del país, Pemex debiera generar acuerdos con empresas nacionales sobre
programas de inversión y suministro a éstas de insumos de origen
petrolero, con objeto de integrar sistemas productivos con vocación
exportadora o para el abasto de mercados nacionales, substituyendo, en
este caso, importaciones, y exportando productos con mayor valor
agregado. Por otro lado, Pemex debiera igualmente generar acuerdos para
producir en el país aquellos bienes de capital e insumos que demanda la
industria petrolera, desarrollando y fortaleciendo así a un sector que
incorpore contenidos nacionales a esta industria, aliente la innovación
tecnológica y la formación especializada de recursos humanos.
Finalmente, entre los cambios urgentes en la
política petrolera debe considerarse la transformación del Fondo de
Estabilización Petrolera en una entidad que no esté sujeta a la
discrecionalidad de las decisiones de algún funcionario federal, como
sucede actualmente, lo que ha hecho que buena parte de los excedentes
petroleros, que han representado recursos cuantiosos, se haya destinado
por gobiernos estatales y/o municipales a gasto corriente y no invertido
en proyectos de largo alcance, que verdaderamente impulsaran el
desarrollo estatal o municipal. Este Fondo debe aumentar su límite de
acumulación y vincular sus rendimientos, obligadamente, a proyectos de
largo plazo en materia educativa, de investigación
científico-tecnológica o a grandes obras de infraestructura que
tuvieran, entre otros efectos, la creación de empleos.
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