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Medir para evaluar
*La próxima administración debe elaborar, de manera
consensuada, una estrategia de desarrollo sustentable con metas de
largo plazo, acciones para lograrlas, compromisos para el sexenio e
indicadores cuantificables que permitan evaluar el desempeño
Julia Carabias
Es muy común que la gente pregunte si las políticas ambientales son las correctas y si se está haciendo lo necesario. Según quien pregunte o quien responda, el contexto de la pregunta, el sito o país en donde se formule, será la respuesta. Ambigüedades, juicios, exageraciones, calificativos o descalificaciones suele ser lo que se expresa. ¿Por qué es tan difícil dar respuestas contundentes y creíbles? En parte, claro está, por la complejidad intrínseca de los asuntos medioambientales, imbricados con los económicos y sociales. Pero por otra parte, porque, sociedades y gobiernos, no hemos hecho bien la tarea: falta planificación y establecer metas claras. Lo que no se puede medir no se puede evaluar.
La ausencia de definiciones y compromisos de largo plazo y de metas
objetivo concretas dificulta las decisiones del rumbo de las acciones,
diluye obligaciones, disminuye las presiones hacia los responsables,
imposibilita el seguimiento de los avances, confunde, facilita la
demagogia e, incluso, como se dice coloquialmente, "permite nadar de
muertito", "torear las broncas" y "evitar las olas". No se asume la
responsabilidad de que las cosas no pueden seguir como están; está
comprobado que el costo de la inacción es mucho mayor que el costo de la
acción.
En temas sociales y económicos existen indicadores muy claros que
reflejan avances o retrocesos, y la sociedad reacciona en consecuencia,
por ejemplo: el empleo aumenta o disminuye; el PIB crece o decrece; el
analfabetismo se abate o asciende; la cobertura de salud se amplía o
desciende. Podríamos enumerar muchos otros indicadores, pero el conjunto
de éstos sólo puede medir el desarrollo de forma parcial; faltan los
que reflejan el desgaste en el capital natural y su vinculación con las
políticas económicas y sociales.
A nivel global, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), adoptados
por la Asamblea General de la ONU en 2000, tuvieron el propósito de
plantear metas objetivo para un periodo de 15 años. Las evaluaciones
ponen en evidencia que sólo se cumplirán cabalmente cuatro de ellas y
con estas evaluaciones la ONU puede aseverar que el mundo no está
haciendo lo suficiente para concretar el desarrollo sustentable.
La Cumbre de Río+20, de junio pasado, reconoció la importancia y la
utilidad de adoptar un conjunto de objetivos de desarrollo sustentable,
más allá de los ODM, que incorporen las dimensiones social, ambiental y
económica y sus interrelaciones, orientados a la acción, concisos y
fáciles de comunicar, limitados en su número y al mismo tiempo
ambiciosos. Para ello estableció un proceso intergubernamental cuyo
resultado será sometido a la Asamblea General.
México no puede eludir esta responsabilidad, no sólo por el compromiso
multilateral, sino fundamentalmente por la importancia que tiene para el
desarrollo nacional. La próxima administración debe elaborar, de manera
consensuada, una estrategia de desarrollo sustentable con metas de
largo plazo, acciones para lograrlas, compromisos para el sexenio e
indicadores cuantificables que permitan evaluar el desempeño.
Hay camino andado. Por ejemplo, la reciente Ley General de Cambio
Climático plantea: "El país asume el objetivo indicativo o meta
aspiracional de reducir al año 2020 un treinta por ciento de emisiones
con respecto a la línea de base; así como un cincuenta por ciento de
reducción de emisiones al 2050 en relación con las emitidas en el año
2000", y el Programa Especial de Cambio Climático define acciones muy
puntuales de cómo lograrlo. Habrá que concretar las correspondientes
para el periodo 2013-2018. En materia de agua se cuenta con la agenda
2030, y en el tema forestal con el Plan Estratégico Forestal para
México.
Sin embargo, quedan por definir las respectivas metas aspiracionales en
muchos otros temas, por ejemplo, las relacionadas con la protección y
uso sustentable de la biodiversidad; el desarrollo marino, costero y
pesquero; el ordenamiento territorial; la producción y manejo de las
sustancias químicas y de desechos sólidos; el desarrollo urbano; la
industria limpia; la producción de alimentos sanos para la salud humana y
para el medio ambiente; la energía limpia y segura para todos, entre
muchas otras.
Además, es indispensable comprometer la ruta concreta que, rumbo a esas
metas de largo plazo, recorrerá la siguiente administración. Se
necesitan indicadores precisos, medibles y evaluables que reflejen
exactamente si el deterioro ambiental se revierte, la pobreza se
erradica, las desigualdades sociales disminuyen y el bienestar social
crece. No permitamos que la política hacia la sustentabilidad del
desarrollo se parezca al diálogo sostenido entre Alicia y el Gato en el
País de la Maravillas: "-Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por
favor, qué camino debo seguir para salir de aquí? -Esto depende en gran
parte del sitio al que quieras llegar -dijo el Gato. No me importa mucho
el sitio -dijo Alicia. Entonces tampoco importa mucho el camino que
tomes- dijo el Gato".
Publicado en Reforma 18 agosto 2012
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