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¿Ilógicos o diferentes? Diálogo sobre la labor de los antropólogos aplicados en México
Erick Alfonso Galán Castro Maestría en Antropología Social CIESAS-Golfo
El presente artículo pretende analizar una posibilidad de interpretación de la práctica antropológica aplicada como traducción para la transformación partiendo de una discusión teórica que hace algún tiempo tuve con Eduardo Ponce, un colega estudiante que, precisamente, hizo una tesina de licenciatura sobre el papel de la antropología aplicada en México (2009).
1.- Algunos antecedentes a la discusión
Si bien, la Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana ha tenido algún reconocimiento significativo en cuanto a la calidad de la formación de profesionales en la disciplina, actualmente –y cuando hablo sobre actualidad tengo en mente los últimos 8 o 9 años- carece de una fuerte formación a sus alumnos en materia de investigación aplicada. Si bien hubo grandes exponentes en el ramo anteriormente dando algunas clases, contando entre los más conocidos a Félix Báez-Jorge o a Roberto Williams, los planes de estudio elaborados durante esta última década han adolecido al no dar importancia hacia la cuestión de formar antropólogos aplicados.
En cierta medida, la cuestión aquí planteada como contexto tiene su origen en la generación de pensamiento que nos tocó, a los que tenemos poco tiempo de haber salido de dicha institución, en el sentido de que muchos profesores de la escuela se encuentran comprometidos con una postura que apela mucho más a la interpretación de la realidad social más allá de la transformación de la misma. En pocas palabras, la tesis número 11 de Feuerbach elaborada por Marx “hasta el momento, los filósofos se han encargado de interpretar el mundo de varias maneras, cuando de lo que se trata es de transformarlo” ha sido interpretada, paradójicamente, como una frase discursiva más y no como un proyecto de acción. Las consecuencias entre nosotros, los alumnos de entonces, han sido de dos maneras, principalmente: o nos abandonamos en un academicismo no solo aséptico, sino antiséptico (en el sentido de abstenernos totalmente de la empresa, condenando su uso en el más extremo de los casos-, o indagamos sobre la investigación aplicada como posibilidad por nuestra propia cuenta. Debo decir que, en su momento, yo fui de los que apelaron a la primera posibilidad; justo ahora he tratado de ir replanteando dicha apatía y el producto de esta acción será reflejado en el presente ensayo que, aunque especulativo, me hace tomar interés por la problemática. Hace unos pocos meses un colega mío, Eduardo Ponce, presentó un trabajo de tesina donde analiza el trabajo de los antropólogos aplicados en México, que es producto de la segunda posibilidad que enumeré líneas arriba, y a base de lecturas y pláticas entre ambos fueron saliendo las ideas que serán expuestas a continuación.
2.- La antropología aplicada desde un enfoque sistémico: Eduardo Ponce
La tesina se titula Cómo entender la antropología aplicada hoy. Dónde quedó la antropología mexicana. En ella, Ponce se propone hacer una revisión sobre algunas ideas de la antropología aplicada en nuestro país, dotándolas de sentido mediante un enfoque sistémico en el cual dicha actividad es entendida como un proceso de resolución de problemas que el sistema crea para dar salida (output) a las dificultades de adaptación del mismo (input). Es decir, partir de la sistémica luhmanniana para entender precisamente cual es el rumbo de la antropología aplicada en México. Ponce parte de un problema que arriba he mencionado y del cual está totalmente de acuerdo: Una primera reflexión sobre el tema puede ser que los egresados de la disciplina no saben de qué se trata la antropología ni qué es lo que se puede hacer con su conocimiento, restringiendo las oportunidades de oferta en el mercado laboral (Ponce, 2009: 8). Si bien este es un enunciado que, bajo ciertas circunstancias podría sonar espinoso por cierto dejo de universalidad, en realidad Ponce está apelando hacia una necesidad muy local en el sentido de la relativa desinformación del sector estudiantil de antropología en Xalapa sobre la investigación aplicada en nuestra disciplina. Desde mi perspectiva la problemática es válida y un buen principio de indagación. En dicho trabajo, el cual me parece bastante aportativo en cuanto a la problemática a la que se inscribe, define la actividad de la antropología como hacer “lógicas” las conductas que desde el “nosotros” se consideran “ilógicas” (Ponce, 2009: 18). ¿Qué implicaciones tiene elaborar una definición de este tipo sobre la antropología? Primeramente, la antropología intentaría trasladar lo observado e incomprensible para algunos a un lenguaje más sencillo, por lo tanto, su importancia radica precisamente en la visión que el profesional de las disciplinas antropológicas debe desarrollar mientras está en proceso de formación. El antropólogo no se define por utilizar el recurso de la etnografía, ni por salir a campo –actividades que ya son desarrolladas por practicantes de otras disciplinas-, sino por una peculiar forma de analizar la realidad social. En cierta medida estoy de acuerdo con el diagnóstico elaborado por Ponce, pero en lo que no estoy totalmente de acuerdo, y esto quisiera abordarlo en el siguiente apartado, es en el asunto de hacer lógico lo ilógico. Ya definido lo que es la antropología, vale entrar en la definición que el autor da sobre la variante de dicha disciplina que nos interesa: la antropología aplicada. A grandes rasgos, Ponce hace la siguiente definición: Con base en lo anterior la antropología aplicada se entiende como las ideas que ayudan a la implementación de proyectos que buscan atender problemas sociales inmediatos. La antropología aplicada no es la búsqueda de respuestas a determinados problemas, sino la evaluación de situaciones especificas en las cuales se van a instalar y echar a andar ciertos programas en donde son confrontados dos tipos de pensamientos. La antropología aplicada busca proponer alternativas viables y tendencias a futuro. (Ponce, 2009: 28) Para llegar a esta definición, Ponce va desentrañando una serie de circunstancias que atañen a la actividad propia de los profesionales de la disciplina: la resolución de problemas prácticos, la necesidad de vincularse a ciertas organizaciones públicas o privadas que requieran de estos servicios, la caracterización actual de la antropología aplicada más como método que como teoría, etcétera. Pero quizás lo más importante dentro de su argumentación se encuentra capítulos después, cuando hace el análisis de la práctica antropológica aplicada mediante la teoría de sistemas. Como sabemos, la teoría de sistemas es en gran medida una de las grandes aportaciones de pensadores como Niklas Luhmann y Ernesto Maturana, para quienes la sociedad funciona como un gran sistema vivo que interactúa con un entorno determinado. Dentro del sistema, lo que operan no son los individuos como tal, sino los procesos que se efectúan mediante procesos de comunicación que dan pie a actividades de autorregulación para propiciar la adaptación del sistema al medio (Torres, 1999: 53). La ciencia (dicho así, in abstracto) es uno de esos grandes procesos que son importantes para la autorregulación del sistema, pues con ella se va generando una búsqueda por la verdad que dará pie a la ejecución de outputs específicos para resolver problemas de adaptación o “irritaciones” que el entorno provoca en el sistema (entendidos estos problemas como inputs). Para Ponce la antropología aplicada, en tanto ciencia, cumple también esta función de proceso regulatorio del sistema en tanto resuelve problemas específicos mediante la búsqueda de verdades. Este propósito se fundamenta al entrar en contacto con los códigos, creencias, deseos y variables del sistema social. De esta forma ya tenemos a dos sistemas interactuando e intercambiando información, sin embargo tomando en cuenta el principio de complejidad que caracteriza a la teoría sistémica, estos dos sistemas están interactuando con un tercer sistema que es el natural. (Ponce, 2009: 54) Al interactuar la antropología aplicada con el entorno correspondiente al sistema, busca soluciones a problemas que llegar a irritar o imposibilitar su funcionamiento armónico. En este sentido, la labor de personalidades como Manuel Gamio, Moisés Sáenz, Julio de la Fuente y Gonzalo Aguirre Beltrán –entre otros ejemplos notables- es vista como un proceso de desentrañamiento de significaciones para la reducción de situaciones problemáticas enfrentadas por el sistema. Finalmente, es de gran importancia la manera en cómo caracteriza Ponce la comunicación dentro de la antropología aplicada desde su enfoque sistémico. Los libros son los canales más importantes de interacción entre las partes integrantes de dicho proceso. Lo anterior es mencionado de la siguiente manera:
El emisor que en este caso es el autor está intentando comunicar algo para lo cual manda un mensaje al receptor. Ambos sistemas, el autor y el lector, están entrando en comunicación a través de un canal que es el libro, el libro es el vehículo que transporta el mensaje hasta el receptor, así tenemos que las lecturas que el receptor realice son las “entradas” del sistema, estas entradas son procesadas por el sistema receptor –lectores- quien las reformula y las hace propias generando una salida al momento de haber decodificado el mensaje. (Ponce, 2009: 58) Muchas de las cuestiones planteadas en este apartado son bastante rescatables para la comprensión de la práctica antropológica aplicada en nuestro país, y por supuesto, merece un reconocimiento la elaboración de un trabajo indagatorio sobre el papel de los actores más importantes en el gremio y sobre el horizonte de oportunidades de incursión en el campo laboral para los egresados de las facultades de antropología no solo de la Universidad Veracruzana, sino de cualquier otra en el país. Sin embargo, existen otros puntos de su argumentación sobre los cuales discrepo profundamente y a partir de ahí elaboraré mi propia propuesta para continuar con este pequeño diálogo teórico-metodológico.
Traducir y transformar
Lejos de abogar por una interpretación de la práctica antropológica aplicada desde la sistémica, la cual considero puede aportar elementos bastante interesantes para su comprensión, yo intentaré partir desde un enfoque configuracionista basado en los planteamientos filosóficos del chileno Hugo Zemelman. Como sabemos, en Zemelman la labor de los profesionales de las disciplinas sociales –que no ciencias- es de gran relevancia en la búsqueda del mejoramiento de las condiciones de poblaciones a las cuales va dirigido un proyecto de investigación, y esta consiste fundamentalmente en rescatar la idea de potencialidad, es decir, una expresión del estar siendo del sujeto, la que da lugar a una forma de racionalidad que se traduce en determinadas actividades del sujeto con la realidad que lo circunda (Zemelman, 2006: 39). En este sentido, los antropólogos aplicados tienen la encomienda fundamental de rescatar las posibilidades que en los individuos existen para lograr la transformación de sus condiciones de vida. Esto implica no negar la participación del individuo y dejarlo de lado como si fuera comparsa dentro de una estructura mucho más grande que lo suprime, sino más bien darle su dimensión de sujeto transformador de lo real. Por tanto, rescatar al otro estudiado en función de su potencialidad transformadora atribuye también otorga al profesional de la antropología aplicada su carácter de sujeto transformador. ¿Qué me hace pensar en esto? Primeramente, que muchos ejemplos de antropólogos aplicados han logrado articular diversos recursos de poder para poder lograr sus objetivos dentro de la práctica de sus proyectos: Aguirre Beltrán, por ejemplo, contó con un gran apoyo del Estado para lograr la ejecución de sus proyectos en la cuenca del Tepalcatepec a tal grado que muchos de sus detractores han criticado su actividad política militando dentro del Partido Revolucionario Institucional; o incluso Manuel Gamio y su gran proyecto multidisciplinario logró ser financiado por la Secretaría de Agricultura y Fomento, lo cual supuso una serie de negociaciones con los grupos políticos revolucionarios en la búsqueda de recursos de acción. Las acciones de poder, basándome en Giddens, implica la capacidad del actor social de racionalizar reglas y recursos para la consecución de ciertos fines deseados (Giddens, 2006: 52). Es decir, cambiar las condiciones de vida de una población, preservar ciertas tradiciones sobre otras, eliminar otras tantas tradiciones y costumbres, lograr el desarrollo económico y social en contextos determinados o fomentar la educación en diversas zonas no es algo que sea pensado desde una entidad cuasi-metafísica como la sistémica pretende hacernos ver, sino que son decisiones puramente políticas y producto de la lucha y negociación entre sujetos (sean estos investigadores, políticos profesionales, ciudadanos de a pie, etc.). Coincido con autores como Jean Paul Sartre en que uno de los grandes retos de las disciplinas humanas se encuentra en recuperar las relaciones humanas como lo más concreto que existe, por lo tanto, es un acto de mala fe atribuir totalmente a las condiciones externas al hombre la responsabilidad de sus actos (Sartre, 2004: 53). Así pues, ¿Cómo trabajan los profesionales de las disciplinas antropológicas de hoy? Como he mencionado líneas arriba, coincido con Ponce en que la labor del profesional de las disciplinas antropológicas –no de la antropología, expresión que puede hacernos pensar en la atribución de la responsabilidad de nuestros actos hacia un concepto abstracto- hace una labor de traducción, pero por ningún motivo estoy de acuerdo en la utilización de las palabras hacer lógico lo ilógico. ¿Por qué? Porque la sola idea de que lo que observamos de diversas prácticas sociales de otros puede parecer ilógico nos hace pensar en lo que Winch (1994) nos advertía en cuanto a la utilización de conceptos que parte desde nuestra propia cultura para explicar la cultura que nos es ajena. En una crítica que este autor hace sobre la forma en que E.E. Evans-Pritchard define las prácticas mágicas de los Azande, menciona lo siguiente: (…) el contexto de nuestra cultura científica, no se encuentra al mismo nivel que el contexto en el que se dan las creencias acerca de la brujería. Las nociones zande de la brujería no constituyen un sistema teórico con el que los azande trate de obtener una comprensión cuasi-científica del mundo. Esto, a su vez, sugiere que, obsesionado con forzar el pensamiento zande hacia donde no se dirige naturalmente –hacia una contradicción-, es el europeo el culpable de la equivocación, no el zande. El europeo está de hecho cometiendo un error categorial. (Winch, 1994: 56) Lo lógico, concepto occidental para referirnos al arte de razonar correctamente (Gutierrez Sáenz, 2003: 12), y su utilización en el enunciado que Ponce propone, nos hace pensar que, si bien las prácticas que buscamos conocer y que observamos en los otros (pongámoslo así: el ritual de los voladores de Papantla para un antropólogo francés “x”) nos parecen distintas a lo que nosotros hacemos (que nos parece lógico, razonable), entonces lo otro que no conocemos es ilógico, no razonado correctamente –o simplemente no razonado. ¿Habría en nuestro hipotético antropólogo francés coherencia al pensar que lo que hacen los voladores de Papantla es algún tipo de razonamiento incorrecto? Por ello, mi propuesta, en vez de utilizar la expresión de “volver lógico lo ilógico”, sería la de elaborar un ejercicio de traducción que permita volver aprehensible la trama de significados implícitos y explícitos en una serie de prácticas culturales llevada a cabo por un grupo social mediante una visión particular que solo los profesionales de la disciplina han podido desarrollar. Por tanto, el trabajo de los antropólogos aplicados se basa, fundamentalmente, en una traducción hacia la transformación. Es decir, lo que interesa al profesional de la disciplina es la aprehensibilidad de los fenómenos culturales para lograr un cambio en la calidad de vida de las personas, de acuerdo a los fines que el propio mecenazgo –instituciones públicas, organizaciones no gubernamentales, el Estado mismo- busca satisfacer. Las implicaciones éticas de la práctica antropológica aplicada son diversas –y mi objetivo no es entrar a detalle en este tema- y solo el antropólogo aplicado conoce sus propias limitaciones al respecto. Al ser un sujeto racional, quizás su mayor problema ético deba ser sopesar las intenciones que tienen los proyectos en los que se involucra y las consecuencias posibles que puede conllevar su ejecución; ya tomada su decisión, debe asumir la responsabilidad propia de su actuar en dicha labor. Los canales de comunicación de ideas propios de los profesionales de la disciplina no se reducen al libro únicamente. Mi teoría es que entre menos “bibliotecario” y academicista se mantenga el diálogo que el antropólogo aplicado sostenga con sus interlocutores, mayor utilidad social tendrá el producto de su trabajo. Las pláticas con la comunidad, las presentaciones de proyecto hacia autoridades políticas de distintos niveles, la difusión de la información generada mediante los nuevos canales comunicativos (internet, recursos multimedia) tienen un gran potencial para lograr que las investigaciones realizadas tengan un mayor espectro de recepción y, por tanto, de toma de acciones.
Conclusión: reflexionar y actuar
La investigación antropológica aplicada es una rama de gran importancia para nuestro gremio, ya que a partir de esta fueron generándose muchos conceptos teórico-metodológicos que ahora serían indispensables para la interpretación de nuestra realidad social. Para mí y para Eduardo Ponce –y estoy seguro que para varios estudiantes de ayer, hoy y mañana-, estos seguirán siendo problemas a resolver y motivo de diversos debates de ideas. Esto no quiere decir que reflexionar sobre las posibilidades que nos dejan ciertas preguntas hasta ahora sin respuesta clara nos cierre a experimentar con la experiencia de ejercer como antropólogos aplicados. Siendo claros, parece ser un poco más interesante volver la cara hacia aquello satanizado por nuestros profesores: la acción para promover un cambio en las condiciones de vida de la gente. Es importante revalorar la participación de antropólogos como el citado Aguirre Beltrán, Miguel Othón de Mendizábal, Manuel Gamio, Guillermo Bonfil Batalla, Arturo Warman y otros más que, con sus aciertos y errores, tuvieron el acierto de volver útil su conocimiento y lograr de este país un lugar donde hubiera cierto desarrollo. Gracias a sus aportaciones, los conocimientos y los debates que ahora sostenemos cobran cada vez más sentido al tomar en cuenta una invitación a la que nos hicieron cada uno en su momento: a volver a cara al mundo que nos rodea, a ver que existen desigualdades y problemas sociales que nosotros, al estudiarlos y analizarlos, tenemos las herramientas para revertir sus efectos. A veces bien, a veces mal, pero lo que nadie nos podría negar es que nuestra intención parte siempre de una utopía personal: lograr un mundo cada vez mejor. Bibliografía Giddens, Anthony: (2006): La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración, Buenos Aires, Amorrortu Gutierrez Sáenz, Raúl: (2003) Introducción a la lógica, México, Editorial Esfinge Ponce Alonso, Eduardo: (2009) Cómo entender la antropología aplicada hoy. ¿Dónde quedó la antropología aplicada mexicana?, Xalapa, Universidad Veracruzana (Tesina) Sartre, Jean-Paul: (1994) Crítica de la razón dialéctica (Tomo I), Buenos Aires, Editorial Losada, Col. Biblioteca de Grandes Obras del Pensamiento, Vol. I) Torres, Javier: (1999) “Introducción a la teoría de sistemas de Niklas Luhmann” en Ramírez, Santiago: Perspectivas en las teorías de sistemas, Ed. Siglo XXI/UNAM, México Winch, Peter: (1994) Comprender a una sociedad primitiva, Paidós, Barcelona Zemelman, Hugo: (2006) “Alternativas en el método de la investigación científica. ¿Es la prueba de hipótesis el único camino?” en De la Garza, Enrique. Tratado Latinoamericano de Sociología, Anthropos/UAM, México |