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Reflexiones sobre el movimiento estudiantil de 1968 PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Consuelo Ocampo Cano   
Saturday, 01 de October de 2005
 En lo personal, no fui una protagonista directa de aquellos intensos días de euforia y alegría juvenil. Circunstancias personales frustraron mis deseos de unirme en cuerpo y alma a ese movimiento, pero crecí bajo su influjo y guíe mi militancia política de más de 17 años con los valores y las utopías de esa generación a los que hoy sigo guardando fidelidad con mis pensamientos y mis acciones. Ciertamente es muy importante no vivir de los recuerdos, pero también es muy importante no olvidar el pasado y lo que el mismo aporta como legado a las nuevas generaciones. No hay futuro sin memoria.
Yo me incorporé al movimiento estudiantil y popular tres años después de aquellos acontecimientos que hoy nos siguen llenando de vergüenza e indignación, cuando el gobierno de Luis Echeverría repetía la torpeza de reprimir una manifestación estudiantil, un 10 de junio, el jueves de corpus del 71. Al día siguiente los jóvenes volvimos a sacar el coraje contenido y muchas de las consignas del 68: el “¡únete pueblo!” y el “¡presos políticos libertad!” volvió a brotar de las gargantas de los jóvenes, sin que el argumento del miedo a la represión, que algunos trataron de sembrar en nosotros, nos detuviera. Al igual que en el 68, el Aula Clavijero de Humanidades, entonces ubicada en Juárez 55 fue el principal centro de reunión, discusión y organización de los jóvenes de entonces.

Muchas de las estrategias de lucha, de comunicación y de organización, bien aprendidas por los jóvenes durante las jornadas del 68, fueron recreadas con intensidad durante la década de los setenta. No había computadoras, ni internet, ni el chat, tampoco existían los celulares. Las estrategias, las herramientas, y quizá valga decir, “las armas de lucha” de los estudiantes del Movimiento del 68 que nosotros retomamos con orgullo, junto con muchas de sus consignas y demandas, fueron: las manifestaciones masivas en las calles; las pancartas; las “bambalinas” como les llamamos los veracruzanos; los mítines frente a palacio; “los mítines relámpago” (por si venía la policía) con apoyo del megáfono o con la puritita garganta; las pintas de bardas; el mimeógrafo; el papel revolución; los esténciles; las máquinas de escribir, y aquel corrector que salpicaba los esténciles con manchitas color de rosa . Todo eso  para poder elaborar los volantes con las denuncias, las demandas y las consignas del movimiento, y con los que salían a “volantear” los brigadistas por las calles, los mercados, las plazas públicas y los camiones urbanos, al mismo tiempo que realizaban el “voteo” para pedir el apoyo solidario de los ciudadanos con el movimiento, ¡cuánta efervescencia y júbilo alrededor de los volantes!. Se hacían y repartían por miles. Que no habría sido capaz de hacer aquella juventud de haber contado con el apoyo del internet para difundir el movimiento.

Probablemente muchos de estos conceptos y cosas resulten extraños o incluso desconocidos para los jóvenes de hoy imbuidos del auge cibernético. ¡Vaya!   hoy se desconocen incluso al interior de los partidos que se dicen de izquierda, donde las brigadas, el “volanteo”, las pintas o hasta el ser representante de casilla, solo se realizan si hay un pago de por medio. Muchas de estas cosas bien podrían ser piezas de museo, pero los valores que movían todo aquel fervor y efervescencia juvenil son y seguirán siendo vigentes: la justicia, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, el diálogo y la paz.

A partir de aquel 10 de junio del 71, como en el 68, los estudiantes volvimos a convocar a las bases y a realizar asambleas en el histórico recinto del Aula Clavijero de la entonces Facultad de Filosofía y Letras ubicado junto a la Prepa Juárez. Eran prolongadas asambleas en las que se practicaba la democracia directa, para tomar los acuerdos y planear una acción conjunta, para crear un clima febril de entusiasmo y de coraje. Debido a esas asambleas interminables, cuenta  Raúl Álvarez Garín, un miembro del Consejo Nacional de Huelga del 68, “de pronto se acordaban sesiones de chiflidos para despertar a la base”. ¡Cuanto trabajo nos costaba ponernos de acuerdo!  Y cómo no habría de serlo, si éramos hijos de un país donde los valores del diálogo y la democracia no se practicaban ni en las familias, ni en las más elementales decisiones de la vida pública. Esos valores se aprendían ejerciéndolos, no requería de libros, ni de cursos especiales o incorporados al currículum formal. La práctica cotidiana era la mejor escuela y los estudiantes, sus propios maestros.

Era de nueva cuenta la generación sesentayochera y los que nos incorporamos a ella en ese momento, movidos por un valor que nos parecía elemental y que también había operado en el movimiento del 68: la solidaridad. En este caso era la solidaridad con los compañeros víctimas de la represión a manos de los halcones, que actuaron por una orden girada desde los pinos por el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez. De nueva cuenta,  este valor no necesitaba ser promovido desde el currículum formal y no se aprendía en los libros, ni en las aulas, si no en la práctica, viviéndolo, ejerciéndolo, sintiendo su tibieza venir de los demás como madre protectora que nos libraba del miedo y nos llenaba de valor, y devolviéndola de manera generosa. La solidaridad tenía nombres y rostros concretos.

Para muchos de nosotros, así como para muchos analistas renombrados, México no volvió a ser el mismo a partir del movimiento del 68. Éste fue efectivamente un parte aguas en la historia del México contemporáneo. Se habla incluso de un México antes y después del 68, porque a partir de entonces, nada ni nadie pudo detener la lucha de los jóvenes por hacer realidad las razones profundas de aquel movimiento: la conquista de la democracia y las libertades políticas en México. Y ese ha sido, desde entonces, el signo principal de la lucha política en nuestro país.

Los años setentas, fueron de intensas jornadas de lucha de los estudiantes que ahora, solidarios como antes, buscaban unirse con otros sectores sociales en lucha, como los campesinos, los obreros y los colonos pobres. Muchos, pensando que los cause y los espacios de la lucha democrática estaban cerrados en México, optaron por la guerrilla; otros experimentaron toda suerte de alianzas y frentes populares, y algunos más, nos incorporamos a partidos políticos de izquierda. Por supuesto, en el movimiento también hubo quienes participaron como “orejas” del gobierno y también hubo quienes se incorporaron a su sistema de corrupción. Así por ejemplo, aun cuando muchos protagonistas denunciaron este hecho, hoy gracias a la apertura de los archivos históricos de ese periodo, existe la prueba documental de que Luis Echeverría, entonces Secretario de Gobernación, la mañana del mismo 2 de Octubre había tenido acuerdo con el presidente Gustavo Díaz Ordaz y entre otras cosas había tratado el asunto de los 19,000 pesos para Sócrates Campos Lemus, uno de los líderes del movimiento que personalmente se encargó de identificar a los demás dirigentes durante la noche del 2 de Octubre y los días que siguieron a los acontecimientos en la Plaza de las Tres Culturas.

 

¿CUALES FUERON LAS CAUSAS QUE DIERON ORIGEN AL MOVIMIENTO?

 

Díaz Ordás, Luis Echeverría y sus corifeos. Dijeron que fuerzas e intereses extraños a nuestro país eran los que azuzaban a los estudiantes. Dado que vivíamos el periodo de la Guerra Fría entre las dos grandes potencias. Era obvio que aun sin decirlo abiertamente culpaban a Cuba y a la Unión Soviética, pero vemos los hechos.

 

¿CÓMO FUE QUE SE INICIÓ ESTE MOVIMIENTO?

 

Un 23 de julio del 68, en plena Olimpiada Cultural, dos pandillas de vagos- no eran estudiantes- causaron un pleito con los de la Vocacional 2 y la Isaac Ochoterena, que de no haber intervenido salvajemente 300 granaderos armados hasta los dientes, no habría pasado de ser un pleito callejero entre chamacos. Ese fue solo el primer síntoma que ponía al descubierto de una manera cruda y lamentable, la grave enfermedad que padecía el México de entonces: la existencia de un régimen autoritario, de partido casi único, de presidencialismo despótico y donde las libertades políticas y democráticas estaban ausentes. Esas fueron las raíces profundas del movimiento, su contexto inmediato, las que están a la base de su propia identidad.

Esto hay que decirlo y tenerlo presente siempre, pues el gobierno pues el gobierno siempre trata de culpar a la infiltración de fuerzas extranjeras por los conflictos sociales que se viven: del mismo modo que en 1994 el gobierno de Salinas de Gortari trató de explicar el levantamiento zapatista en Chiapas, argumentó la infiltración de extranjeros y de intereses exóticos y hasta habló de la conspiración de fuerzas extrañas a nuestro país y a nuestra cultura.

Por el contrario las actuales investigaciones, la apertura de los archivos prohibidos mientras el PRI gobernó este país, han puesto al descubierto los acuerdos palaciegos entre el gobierno de Díaz Ordás y el embajador de Estados Unidos, así como la intromisión de la CIA en el conflicto preparando incluso a fuerzas especiales de las Guardias Presidenciales para actuar como represores, infiltrados y provocadores en el movimiento. Así por ejemplo, tenemos las revelaciones hechas en 1971 por el General García Barragán que calificó estas cuestiones como de alta traición militar.

Debemos reconocer, sin embargo, la existencia de un contexto internacional favorable al despertar político de los jóvenes mexicanos de entonces, podemos decir, “el espíritu de los tiempos”. Efectivamente, en la década de los sesentas y particularmente en el 68 surgieron importantes explosiones políticas juveniles en las universidades de muchas partes del mundo: Stanford, California, Harvard, La Sorbona, Berlín, Tokio, Sao Pablo, Buenos Aires, Montevideo, Varsovia, Praga, Roma y por supuesto también México.

En el caso de nuestro país, además tuvo expresiones locales importantes en varias universidades de provincia: Michoacán, Puebla, Sonora, Sinaloa, Nuevo León, Morelos, Tabasco y Veracruz.

 

LA EXPRESIÓN DEL MOVIMIENTO EN VERACRUZ.

 

Aquí, incluso, el movimiento del 68, comenzó antes que en la Ciudad de México, con la Coalición de Maestros, que se organizó aquí en Xalapa y demandaba al Gobierno de López Arias el pago del aguinaldo que se les adeudaba desde hacía un año, aumento salarial, estabilidad en el empleo y la incorporación al Seguro Social. Luego se incorporaron los estudiantes, solidarios primero con sus maestros, y más tarde con los estudiantes del Consejo Nacional de Huelga. Cuando los jóvenes de hoy ven estas demandas, con seguridad les resultarán elementales (constituían derechos consagrados desde entonces por la Constitución) y pensarán con justa razón cuan absurdo fue responder a ellas con la represión. Pero esto era lo común en el México de entonces. Incluso la Facultad de Filosofía y Letras, ahora Humanidades, fue castigada con la negativa del Gobernador López Arias de construirle su edificio a pesar de que meses antes ya había puesto la primera piedra, el señor que era un poco mal hablado como buen veracruzano dijo: “ahora van a tener madre no edificio”. No fue sino hasta le década de los setenta que logramos el nuevo edificio y para ello tuvimos que salir de nueva cuenta a las calles, llegamos incluso a tomar clases en la calle de Juárez y en el edifico del CAPCE bajo la amenaza de que seríamos sacados por la policía federal porque se trataba de un edifico propiedad de la federación.

Las demandas del movimiento a nivel nacional concretadas en los seis puntos, son el testimonio fehaciente de su originalidad y de que las causas que lo motivaron estaban en nuestro territorio, en el corazón mismo de nuestro sistema político:

 1. destitución de Cueto y Mendiolea (jefe y subjefe de la policía) que no fueron cesados si no poco después de ser ahogado en sangre el conflicto, Díaz Ordaz no aceptó satisfacer ninguna de sus demandas, ni siquiera cuando las respaldó el Consejo Universitario de la UNAM,

 2. libertad a los estudiantes presos a raíz del movimiento,

 3. deslindamiento de responsabilidades,

 4. disolución del cuerpo de granaderos,

 5. derogación del delito de disolución social y

 6. libertad a los presos políticos, particularmente de los líderes ferrocarrileros del 58 y 59, Valentín Campa y Demetrio Vallejo.

El Consejo Nacional de Huelga pedía el diálogo, un valor tan importante para la humanidad que sólo a través de él es posible construir consensos para darse normas de convivencia civilizada: “¡sal al balcón bocón!”, era la consiga de los estudiantes en el Zócalo capitalino. La respuesta del gobierno fue la represión y el diálogo de las bayonetas, el emisario de esa respuesta fue el ejército, que el 18 de  Septiembre ocupó CU,  violando así uno de los valores  más importantes de la vida de las más altas instituciones de cultura en nuestro país: la Autonomía Universitaria. Ya antes, Díaz Ordaz  había hecho intervenir el ejército en las universidades de Michoacán, Sonora y Puebla. En Xalapa, por órdenes del gobernador López Arias, el 26 de Septiembre una manifestación fue brutalmente reprimida por los granaderos y fueron allanadas las facultades de Filosofía y Letras (hoy Humanidades) y de Economía, así como la Preparatoria Artículo Tercero y muchos de los dirigentes, entre ellos el Dr. Castañeda Bringas, fueron detenidos y torturados. Y en medio de toda esa vergüenza, la dignidad y el decoro del Rector de la UNAM Barros Sierra que se unió a los estudiantes para defender la autonomía de su Alma Mater y el febril entusiasmo del movimiento estudiantil que crecía de manera incontenible.

Del otro lado, los antivalores: la intolerancia y el miedo del gobierno fueron subiendo de tono hasta llegar al rojo vivo. Las olimpiadas estaban por iniciarse, los ojos del mundo estaban puestos en nosotros ¡¿qué espectáculo estábamos dando?! Se habían invertido millonadas de pesos, de los de entonces, para montar el escaparate; para hacer creer al mundo, que el nuestro, era un país de estabilidad política, de paz social y de progreso. Y los muchachos con su desobediencia estaban echando a perder la fiesta.  Había que parar esto y pronto ¡y de una vez por todas! Así que el 2 de Octubre, a diez días de  ser inaugurados los juegos olímpicos, el gobierno hizo estallar su miedo en cólera.  Cercó el mitin estudiantil que se celebraba en la Plaza de Tlatelolco, con miles de soldados y policías uniformados así como miembros del Batallón Olimpia vestidos de civil. En respuesta a la señal de una luz de bengala lanzada desde un helicóptero, los miembros del Batallón Olimpia hicieron los primeros disparos, a ellos siguieron los del ejército, los soldados dispararon por espacio de más de dos horas contra la población civil indefensa reunida en la plaza y contra los edificios, donde había personas asomadas en las ventanas. Todos conocen las consecuencias de esa brutalidad, un número aún no determinado con precisión (325 según el periódico inglés the guardian) de estudiantes, hombres, mujeres, niños y ancianos cayeron asesinados en la Plaza de las Tres Culturas aquella tarde del 2 de Octubre de 1968.

Durante muchos años el gobierno argumentó que los disparos los iniciaron los estudiantes y que el ejército sólo respondió para defenderse de la agresión. Sin embargo, en los archivos abiertos a la investigación recientemente obran evidencias contra esa absurda versión que nunca nadie creyó. Según el informe confidencial que elaboró al día siguiente la Dirección Federal de Seguridad a cargo de Fernando Gutiérrez Barrios, fueron los agentes de esa corporación y de la Policía Federal Judicial los que hincaron los disparos.

Los jóvenes de hoy se preguntarán ¿qué tienen que ver aquellos acontecimientos con nosotros? Trataré de dar respuesta a esa cuestión. Muchas de las cosas de las que hoy disfrutamos tienen su origen, su antecedente más inmediato, en las luchas de los jóvenes de aquella generación. Son en gran medida, herencia de esa generación que apostó todo a la lucha por las libertades políticas y la democracia en México.

Algunas de ellas son de gran envergadura, como la apertura de los medios masivos de comunicación, tanto electrónicos como escritos, ahora  abiertos a la pluralidad, en 1968 sólo unos cuantos medios dieron cuenta de la verdad, la inmensa mayoría de los medios sólo difundían los boletines de prensa del gobierno, de ahí la gran importancia que tenían los volantes. Otra repercusión importante es el hecho de que hayamos tenido unas elecciones federales creíbles  y en las que se impuso el respeto a la voluntad y al voto de los mexicanos expresado en las urnas. El hecho de que hoy, después de más de 70 años de vivir bajo un régimen de partido de estado, podamos asistir a la alternancia en el poder, es el resultado de largos años de lucha que cobraron especial fuerza y relevancia en México a partir del 68. Hoy en nuestro país, nadie puede ser perseguido por causa de sus ideas.

Otras cuestiones que también son un legado del 68, tienen que ver con cuestiones más cotidianas de la vida de los jóvenes y no por ello menos importantes. Veamos sólo algunas. El hecho de que hoy los jóvenes puedan transitar libremente por las calles presumiendo su pelo largo, o pintarrajeado del color que se les pega en gana, o cortado con los estilos más insólitos y atrevidos, sin que les griten maricones, por usar la palabra menos fuerte, ni los detenga la policía por ello. O puedan caminar por las calles con plena libertad  mostrando con orgullo otros símbolos de su identidad, como por ejemplo, un arete colgado de la oreja, del ombligo, de la ceja, de la nariz, etc. Nada de eso, aunque parezca insólito, era posible en este país antes del 68. El respeto hacia los jóvenes, era casi inexistente. Lo que se privilegiaba era la intolerancia y el principio de autoridad.

Sin embargo, no obstante la trascendencia de estas valiosas conquistas democráticas que nuestro país ha logrado, también es cierto que siguen aun pendientes de resolver importantes asignaturas que ahora les toca a los jóvenes de hoy retomar. Me referiré brevemente sólo a algunas cuestiones.

 

1. El reconocimiento pleno de los derechos de los indígenas, de sus pueblos y de su cultura, representantes del México profundo. No podemos hablar de un país democrático, donde existe el respeto a la pluralidad, mientras no se respete y se reconozca plenamente la pluralidad étnica. Ni podemos hablar tampoco de que existe justicia en México mientras no se de solución a los justos reclamos de los indígenas. Poner fin a la violencia en Chiapas y dar paso al cumplimiento de los Acuerdo de San Andrés Larraizar, para sentar las bases de la paz con justicia y dignidad y poner sobre la mesa de diálogo, los demás temas de ese conflicto. Es cierto que el gobierno de Vicente Fox envió al Congreso la iniciativa de Ley COCOPA pero también es cierto que en las reformas constitucionales aprobadas por la alianza de los diputados del PRI y del PAN no se reconoce el derecho de Autonomía, una de las demandas más importantes del movimiento indígena de nuestro país.

2. La conquista plena de un espacio más íntimo y personal como lo es el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre su cuerpo, su sexualidad  y su maternidad. Este espacio íntimo aun está invadido, ocupado, intervenido por el Estado y su autoritarismo patrircal, por la iglesia y sus ministros y por muchos los diputados, senadores, fiscales y jueces, que actúan como emisarios y guardianes del patriarcado y se erigen en vigilantes de la conciencia de las mujeres. Completar la conquista de este espacio íntimo de las mujeres para las mujeres, pasa necesariamente por la despenalización del aborto y hacer que las instituciones de Salud Pública en México asuman la responsabilidad de dar este servicio gratuitamente a las mujeres que lo soliciten evitando con ello la muerte de miles de ellas.

3. Poner fin a la impunidad para dar vigencia plena al Estado de derecho. Esto exige poner en claro y deslindar responsabilidades en relación con el escándalo del FOBAPROA. Este asunto nos afecta y compete a todos los mexicanos, incluyendo a su juventud, pues todo ese dinero del fraude más grande en la historia de México, bien podría dedicarse a salvar de la banca rota el sistema de retiro y jubilación, así como a ampliar la cobertura y mejorar la calidad de la educación y de la salud públicas. En esto tanto al PRI como al PAN les interesa guardar silencio porque seguramente muchos de los suyos están implicados.

Poner fin a la impunidad para dar paso a un verdadera estado de derecho, implica también, resolver en los tribunales la investigación y las denuncias contra los delitos de lesa humanidad cometidos durante el 68 y el 10 de junio de 1971 y castigar a los responsables que aun están vivos, entre ellos, Luis Echeverría y Alfonso Corona del Rosal. Es cierto que estos dos personajes ya han sido citados a declarar por el Fiscal especial que nombró el gobierno para aclarar su participación en aquellos hechos y se han negado a declarar y que difícilmente el juicio puede prosperar bajo la acusación del Tribunal Federal de genocidio. Ciertamente el cambio de gobierno hizo posible que se abrieran los archivos de esa etapa vergonzosa de la historia de México y que los gobiernos priístas se negaron siempre a hacerlo. Muchas cosas han salido en claro gracias a ello, pero no debemos permitir que esos crímenes permanezcan impunes. Hoy justamente gracias a la apertura de esos archivos se publican nuevos libros sobre el tema cuya lectura resulta obligada para todos los mexicanos, ejemplo, “Parte de guerra: los rostros del 68”, escrito por Carlos Monsiváis y Julio Scherer a partir del archivo del entonces Secretario de la Defensa Nacional Marcelino García Barragán o las ediciones especiales que la revista Proceso ha publicado en torno a estos hechos con los documentos y fotografías de esos archivos.

 4. Otra demanda vigente para los jóvenes de hoy es la defensa del principio de gratuidad de la Universidad Pública y la obligación del Estado de sostenerla. Este principio debe ser elevado a rango constitucional con toda contundencia y claridad para evitar que cada gobierno decida la medida en que quiera comprometerse con ella. Su vigencia y urgencia es aun más cierta cuando el gobierno de Vicente Fox ha reducido de manera significativa el presupuesto destinado a la educación.

5. La defensa del medio ambiente.

6. La lucha contra la globalización en los términos de desigualdad y de injusticia que la caracterizan actualmente y pugnar por un nuevo orden internacional que garantice relaciones de equidad y justicia entre los países del planeta. En este sentido el movimiento del foro mundial social constituye un espacio de gran trascendencia para la discusión y la organización por un mundo alternativo.

7. La lucha contra el crimen que cometen día a día los narcotraficantes contra la juventud envenenándolos con toda clase de estupefacientes.

8. Debemos. pugnar porque se incorpore a la Historia de México de los libros de Texto Gratuito toda la verdad sobre el movimiento estudiantil del 68, la represión del 10 de junio del 71 y el periodo conocido como de la “guerra sucia”.

9. Hoy como siempre, la lucha por la paz y contra la política de guerra emprendida por Estado Unidos como estrategia para salir de si recesión económica, debe ser emprendida con denuedo.

Sin duda hay muchas otras cuestiones, no los quiero agobiar con tantas tareas de las cuales necesitamos hacernos cargo. Lo que si puedo asegurarles, es que en las luchas que los jóvenes de hoy decidan emprender, contarán siempre con la simpatía, el apoyo y el compromiso decidido de muchos de los de la generación sesentayochera. Los conmino a mantener siempre la mente y el corazón abiertos a experimentar vergüenza y coraje contra cualquier manifestación de injusticia que se cometa en cualquier rincón del planeta
 
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